Sunday, September 28, 2008



4 Relatos de viajes y expediciones en la Patagonia


En estos relatos de andanzas por las montañas de la Patagonia, traté de volcar el sentimiento que anidó en la época de nuestro activo contacto con ellas.

Ahora, a través del tiempo, siento que además de haber ocupado buena parte de nuestra vida le debemos a ellas quizás los más apasionantes momentos y el reconocimiento de genuinos valores para el ser.


Allá por los años ´60


Expedición a Cholila - Paralelo 43º aprox.


Provincia del Chubut – Patagonia – Argentina - Verano de 1964


El día 2 de enero de 1964 a las cinco de la tarde, un grupo de seis personas viajaba en la caja de un taxiflete rumbo a la estación de trenes de Constitución, en Buenos Aires. Debajo de ellos iban 500 kgs. de carga perfectamente acomodada, revisada y controlada. Al menos así lo creíamos.

Carlos Rey, Edgar Köpcke, Avo Naccachian, Julio Aguirre, Rolando Betinelli y Mariolino Castellazzo.


El objetivo: Las montañas aún sin escalar, situadas en el corazón de la cordillera, en la frontera con Chile, en las nacientes del río Tigre a la altura de la pequeña localidad de Cholila (cercana a El Bolsón) en la provincia de Chubut.

Todo ese bagaje constituía el esfuerzo de muchos meses de preparativos que habían logrado destrozar nuestros nervios en el afán de que todo estuviera dispuesto y en tiempo. La fabricación de una parte del equipo, las listas equilibradas y la compra de alimentos adecuados, la pelea por conseguir donaciones y pasajes para el transporte y la organización general, había por fin culminado su primera etapa en este viaje a la estación ferroviaria. A las 19:45 con alivio vemos alejarse el andén 14 de Constitución con un montón de amigos y familia encima.



El Almacén de Nataine en Cholila. Por aquella época, referente de la zona. El colectivo hacía su parada allí y después continuaba hacia Esquel.



El sábado 4 llegamos a Bariloche. El lago Nahuel Huapi, el cerro Tronador, el Catedral, el López y demás geografía abrumadora, nos saludan bajo un sol radiante. Un camión nos lleva a la terminal de ómnibus en donde dejamos la carga lista para salir al día siguiente hacia El Bolsón. El domingo nos levantamos temprano después de dormir en El Yeti, el albergue de nuestros amigos Insúa, Fonrouge, Cardani y Giacomuzzi. Rápidamente desayunamos y nos alejamos con cierta tristeza, pero con la promesa del regreso. Bajamos a la ruta y esperamos el micro que por fin llega. Según lo convenido nuestra carga está acomodada en el techo. Nuestra impaciencia hace que las seis horas que dura el viaje hasta El Bolsón nos resulten largas. Todavía tenemos un importante problema a resolver y vamos haciendo las mil conjeturas que ya nos hemos hecho muchas veces. Lo que nos preocupa es conseguir los caballos para transportarnos en Cholila hasta el fondo de la cordillera. A pesar de esto en el Cañadón de la mosca y en la Pampa del toro no dejamos de ver la belleza de los valles y montañas de este recorrido; que para eso también estamos aquí.


Baños en la casa de Don Mellado. _______Avo, Rolo, Edgar, Cacho, el baquiano Mellado hijo, Don Chano Mellado, Carlos y Mariolino.

En El Bolsón es todo quietud en ese brillante mediodía. El calor y los tábanos se hacen notar. Descargamos en el depósito de la terminal y nos dirigimos al Hotel Andino. Encargamos el almuerzo y entablamos conversación con los dueños del hotel. Ellos son socios del Club Andino Piltriquitrón. Nos dicen que como es domingo, todo el mundo anda de paseo aprovechando el buen tiempo. Queremos ver al señor Rudolph, presidente del C.A.P. y por sobre todo al doctor Venzano, hacedor de mapas, y que es quien conoce más a fondo la región montañosa.

Luego de descansar a la sombra y dejar pasar la hora de mayor calor, vamos a la búsqueda de estas dos personas. Rudolph no conoce la zona de montaña de Cholila como para darnos datos interesantes y por él mismo nos enteramos que desgraciadamente Venzano anda haciendo una de sus habituales salidas aprovechando el fin de semana. Mala suerte, no conoceremos nunca a este famoso personaje. Al otro día, seis de enero, salimos en ómnibus hacia el almacén de Nataine, que es la parada de Cholila. A mitad de viaje comenzamos a ver los altos picos de la zona. Todos ellos promedian los 2.300 mts. Finalmente llegamos y descargamos la carga en un costado del almacén. El día continúa despejado y hacia el oeste gozamos de un inolvidable panorama. Las cumbres rocosas del cerro Dos Picos y hacia la derecha y más cerca el Tres Picos, se alzan hacia el cielo. Sus glaciares relucen con la luz del sol.


Caminando hacia lo de Mellado. ______________Acomodando el equipo, Don Mellado nos observa.


Nos dividimos en dos grupos para tratar de conseguir transporte hasta lo de Don Mellado, viejo poblador y baquiano de la zona que puede ser quien nos guíe hasta el corazón de la cordillera en donde nos esperan nuestros objetivos. Tenemos suerte, conseguimos que Don Luna, también poblador, lleve la carga esa misma tarde con cuatro caballos pilcheros, los 15 kms. que hay desde el almacén de Nataine a la casa de Mellado. Ayudamos a cargar los caballos, cosa de la que no tenemos la mínima idea como buenos porteños que somos. Parece que los animales se dieran cuenta porque se ponen algo nerviosos, pero por fin salimos con todo acomodado. Nosotros, a pie y con nuestras mochilas llegamos a la casa del baquiano muy contentos de estar a un paso de resolver una de nuestras incógnitas. Ya son las nueve de la noche pero aún es de día. Mientras descargamos se presenta Don Mellado ¡Por fin lo conocemos! Lo saludamos efusivamente como si lo conociéramos de siempre, tanto es lo que lo hemos mencionado en nuestros planes en la ciudad. Es un viejito muy simpático. Se ríe todo el tiempo y lía sus cigarrillos, que fuma uno detrás del otro. Recuerda a las expediciones anteriores, sobre todo a la del año ´58, cuando escalaron el cerro Chato nuestros amigos del Centro Andino Buenos Aires. Le planteamos la necesidad de transportarnos y como le preguntamos si tiene caballos para ello, nos dice que no, que solo tiene pilcheros. Nos corre un escalofrío hasta que enseguida todo se aclara por la diferencia entre lo que ellos llaman caballos de transporte de gente y pilcheros para llevar la carga. Ahora tranquilos con esto solucionado, nos vamos a preparar una cena y después a dormir.



Hacia el "fondo", con los pilcheros.




Al día siguiente conocemos a Carlos, hijo de Don Mellado, quien sería en realidad el encargado de llevarnos al “fondo”. Es un muchacho de 24 años que aparenta mayor edad. Extremadamente reservado y tímido, sólo habla con monosílabos. No conseguimos entablar una verdadera conversación, pues a nuestras preguntas responde únicamente o no. Cuando se marcha deducimos que es probable que salgamos al otro día si es que consigue reunir los pilcheros y cangallas (armazones) necesarios. De modo que estamos obligados a perder todo ese día en los dominios de Mellado. Aprovechamos para bañarnos en la desembocadura del lago Cholila, en el río Carileufú. Este río corre hacia el sur y va a desembocar en el lago Rivadavia. El lugar es hermoso y el agua azul y transparente invita al baño a pesar de lo fría que es. Desde allí se observa parte de la cordillera, pero el cerro Subir y otros no nos dejan ver más que una parte al oeste. Reconocemos el cerro Chato y sobre los otros se extienden las discusiones un largo rato. Al anochecer después de la comida nos reunimos en el fogón junto a Don Mellado que nos cuenta anécdotas de su vida. A su hijo Carlos no lo vimos en todo el día.

A la mañana siguiente me despierta Edgar muy azorado. Se ha levantado temprano y hablado con Carlos. Al parecer está listo para salir. Me levanto de mal humor pensando que podría habernos avisado el día anterior aunque sea a última hora. Mientras preparamos todo va pasando la mañana. El problema consiste en acomodar alrededor de 400 kgs. en cuatro pilcheros. Finalmente a primera hora de la tarde queda lista la carga: Los víveres que van acomodados en 24 latas de las del tipo para galletitas, irán en cangallas de arpillera que hemos construido en Buenos Aires, a razón de seis por caballo, tres a cada lado. Hay seis bolsas marineras con nuestras pertenencias y equipo personal. Cuatro van en dos caballos y las dos restantes una en cada uno de los otros dos. De este modo quedan dos animales cargados con 110 kgs. cada uno y otros dos con 90 kgs. cada uno. Nosotros por supuesto iremos a pie con alrededor de 15 kgs. en la mochila personal. Por fin Carlos sin pronunciar palabra, se pone en camino dando así “la voz de partida”. Él va montado encabezando la marcha y a su montura va atado un pilchero. Nosotros lo seguimos a pie llevando de la mano un pilchero atado a una corta soga. Somos seis -y podría ser buen momento para presentarnos- de modo que siempre habrá dos que descansen de conducir al pilchero y así nos iremos turnando durante el trayecto.

Somos socios del Centro Andino Buenos Aires, (C.A.B.A.) fundado en 1950 y cuna de grandes escaladores argentinos. Nuestra expedición está respaldada oficialmente por el club, con el nombre de “Expedición a las nacientes del Río Tigre - Cholila - Chubut”

La componemos, como ya dije, un equipo de seis; en su totalidad escaladores con mayores o menores aptitudes. No hay ningún logístico o administrativo entre nosotros. Podemos quizás “lamentar” la falta de un médico para casos de accidente, bastante común en deportes de riesgo. Fundamentalmente conformamos un grupo de personas fuertemente ligadas por la amistad. Somos de los que creemos que (mientras no se acepte a alguien verdaderamente inútil) las cosas funcionan mejor así que con un equipo de “estrellas” que se lleven mal entre ellos: Rolando Bettinelli “Bambufoca” - Julio Aguirre “Negro” (1º de cuerda) - Mario Castelazzo “Tano” - Avedis (Avo) Naccachian “Turco” (1º de cuerda) - Edgar Köpcke “Inglés” (1º de cuerda y líder de las cordadas de ataque) - Y yo, Carlos Rey “Antiguo” (Jefe de la expedición).

Una parada. Al fondo el Co. Gral. Paz (D6). A la der. la cumbre del Co. Dos Picos.


Y como dije, el 8 de enero a las tres de la tarde nos ponemos ¡por fin! en marcha en busca de la gran aventura, nuestra primera expedición de exploración y escalamiento de las montañas de esa zona de la Patagonia (inexploradas en su mayoría). De allí al Campamento Base vamos a depender de la baquía de Carlos Mellado, nacido en la zona, a seguirlo casi ciegamente y acatar sus decisiones de detener o proseguir la marcha, cruzar el río en el sitio que él indique, etc.- Ese primer día caminamos hasta bien entrada la noche para recuperar el tiempo perdido. Nuestro primer encuentro con el agua es en el arroyo Turco. No fue muy agradable que digamos, el agua está helada y sobre todo, nosotros estábamos muy tiernos todavía. Antes de vadear dábamos veinte vueltas buscando el mejor lugar y cambiábamos nuestros zapatos de montaña por alpargatas. Ya en la otra orilla volvíamos a calzar los zapatos y medias, todo lo cual representaba una demora en el avance y como Carlos no nos esperaba y seguía camino, con su pilchero a la rastra; a medida que continuaron los vadeos -que fueron muchos- nos fuimos dando cuenta que lo mejor era cruzar con los botines, y que aunque se inundaran nos protegían de las piedras del lecho del río y luego en la continuidad de la marcha se iban escurriendo y secando solos. Además continuamente soportábamos el ataque de los malditos tábanos, de modo que cuanto menos no detuviéramos era mejor. Entrada la noche todavía seguíamos en plena picada, faldeando un monte de Coihue y Ñire muy tupido. Carlos cortó camino monte abajo y fuimos a dar con la orilla del lago Cholila. Desde allí pudimos divisar su culminación pocos kilómetros más adelante. Decidimos hacer alto y acampar. Pasamos la noche muy bien; cansados, contentos y ¡sin tábanos! Al raso nomás, sólo con las bolsas de dormir; el paisano con sus pilchas y aperos y los caballos atados en las inmediaciones. Al día siguiente cargamos los pilcheros, operación a cargo de Carlos casi exclusivamente, por nuestra ignorancia ciudadana en la materia. Por ahora sólo colaborábamos en arrimarle a cada costado del animal la parte de equipo que tenía que transportar. Salimos muy temprano cuando el Sol todavía no había aparecido por esa zona del bosque. Ya sabíamos que de esa forma les ganábamos un par de horas a los tábanos; luego con el Sol y el calor aparecían por el resto del día hasta el crepúsculo. Entonces no nos quedaba otra solución que fabricarnos una especie de latiguillo con una En la foto superior, a la der. el D6 (Gral. Paz). Al centro el Co. Fortaleza.___En la otra foto el baquiano Mellado y al fondo l

a salida del Aluvión de piedras.


ramita de ñire y así espantarlos mientras caminábamos. Los que más sufrían el embate de estos desagradables insectos eran los pobres caballos debido a que les atrae su olor a sudor y en las paradas forzosas para acomodar las cargas, les pasábamos la mano para sacárselos de encima. No quiero dejar de comentar que este acomodamiento de las cargas era un inevitable inconveniente. Con los dos animales que llevaban las cangallas con latas y una sola bolsa marinera, no había mayores problemas. En cambio los otros dos -los turnábamos cada día- que iban cargados con dos bolsas, se les desacomodaban a cada rato. Además lo estrecho de la picada en algunos tramos exigía mucho cuidado, por cuanto había que guiar al animal paso por paso para que no se llevara por delante los arbustos con las bolsas que sobresalían a sus lados. Más adelante comprobaríamos que parecían haberse dado cuenta que eran “más anchos” y obraban casi solos esquivando la vegetación.

A todo esto ya habíamos terminado de recorrer el lago Cholila, de unos 15 kms. de largo aproximadamente y nos habíamos topado ahora con nuestro nuevo amigo el río Tigre, que proviene directamente de las montañas que nosotros íbamos a explorar y desemboca entre mallines en el lago. A mediodía hicimos una parada ya que el calor era insoportable. Le quitamos la carga a los caballos para que descansaran y pastaran un rato y nosotros comimos también. Después volvimos a ponernos en marcha. De allí en adelante los vadeos del río se sucederían muy a menudo debido a que esa ya es región poco o nada transitada y la picada hay que “buscarla” en una margen u otra del río. Marchamos toda la tarde vadeando varias veces porque cada tanto la orilla por la que íbamos se cerraba completamente con la vegetación. El anochecer llegó mientras caminábamos sobre un faldeo bastante alejados del río, y el baquiano decidió cortar camino por el monte para pasar la noche en la playa. No es exageración decir playa, solo que la arena en los lagos del sur está reemplazada por ripio, pequeñas piedras redondeadas. En este lugar nos sorprendió la vista de lo que luego sería uno de los objetivos conquistados. Habíamos descargado los caballos y algunos de nosotros fuimos a lavarnos en el río; desde allí, entre el hueco que dejaban algunos cerros más cercanos y hacia el oeste vimos un hermoso picacho englaciado cuya cumbre rocosa y puntiaguda se ladeaba hacia el sur al estilo del monte Cervino en los Alpes. Reconocimos en ella al D-6, nombre conque figuraba en los mapas y que habíamos visto en las fotos de nuestro amigo Hugo Bella y sacada, evidentemente, desde este mismo lugar. A gritos llamamos al resto y sacamos algunas fotos a pesar de la escasa luz. A la derecha también pudimos ver al cerro Dos Picos, ahora mucho más cercano. Esa noche dormimos “el sueño de los justos”, estabamos realmente cansados y las cosas se ponían emocionantes a medida que se acortaban los tiempos. El día siguiente amaneció esplendoroso y partimos contentos a recorrer lo que se suponía la última jornada de aproximación. De lo que recuerdo este fue, además de la zona del lago Cholila, el recorrido más pintoresco en toda la marcha. El bosque era casi exclusivamente de árboles altos; había raleado el bosque bajo de Ñire y los vadeos fueron en general livianos. Hubo una parte que recuerdo en especial en la que el Tigre corría mansamente bordeando el monte arbolado y su lecho claramente visible era de pedregullo color óxido. Todo el entorno adquiría un aspecto tan particular que colmó mi corazón de dicha y paz, aunque suene cursi y romántico.

En la foto de la izq. nuestro campamento base. Las latas anaranjadas contenían galletitas de agua Bagley y nos han contado que actualmente (¡pasaron nada más que 44 años!) , hay excursionistas que llegan hasta allí y sus guías les convidan con ellas aún comestibles.

En la foto de la der., el glaciar que da origen al Río Tigre.



Luego de un tramo en el que nos separamos mucho del río, apareció ante nosotros un lugar de aspecto completamente distinto a lo que veníamos recorriendo. Se trataba del “aluvión”, y allí había desaparecido la vegetación. Con ese nombre lo habían bautizado los que habían andado por allí en años anteriores, pues se trataba de un “corredor” de piedras de todos los tamaños que venía desde la montaña y, esparcido sobre el suelo, recorría un largo sector como si alguna vez hubiera explotado una parte del cerro y hubiera corrido locamente hacia abajo y luego horizontalmente cerca de trescientos metros. Faltaban todavía varias horas para llegar al “fondo”, como le llamábamos al final del recorrido: el pie de las montañas. Es decir, la culminación de la aproximación; el lugar en donde nos encontraríamos con la base de los cerros que queríamos escalar, con sus paredes emergiendo de los valles; lugar en donde ya no hay más picada, la vegetación desaparece casi por completo y se instala el reino de la roca y del hielo. Por supuesto por allí cerca también andaría la "naciente" del río Tigre. Es probable y casi seguro, el hecho de que el terremoto ocurrido en Chile hacía algunos años, modificó también en parte, este lado de la cordillera. Ya explicaré más adelante otros detalles sobre lo que vimos al respecto.

Al mediodía llegamos a una especie de corral, propiedad de los Mellado, que ellos utilizaban para los animales en la “veranada”. Allí nos detuvimos. El cerro Dos Picos alzaba sus murallones casi al lado nuestro y como se dice en estos casos, teníamos que torcer el cuello para tratar de ver su cumbre. Por este lado, o sea su cara sur, ofrecía unas impresionantes paredes verticales que no sostenían un solo centímetro de nieve. Para llegar hasta ellas había que atravesar una zona de Ñire y luego remontar por un acarreo bastante fiero. A pesar de nuestra manía de “reconocer” posibles rutas de ascensión en cuanta roca apareciera ante nuestros ojos, debíamos olvidarnos de ello pues nuestros objetivos aguardaban más adelante rumbo al oeste. Luego de una frugal comida reemprendimos la marcha. Recorríamos ahora el aluvión y el río corría caprichosamente hacia el este; torcía a derecha e izquierda según se le presentaba la dificultad del terreno y a veces se bifurcaba para volver a unirse más adelante. Se nos presentaron todavía algunos vadeos. El agua era cada vez más fría debido a que estábamos más cerca de la montaña alta y el glaciar que le da origen. Cada vez que cruzábamos el Tigre y llegábamos a la otra orilla parecía que la sangre se había detenido en nuestras piernas. Por suerte en estos vadeos el agua nunca llegó más arriba de nuestras caderas, pues creo que con la fuerza que llevaba nos hubiera arrastrado. Sin embargo en uno de estos cruces me pasó algo tragicómico: mientras todo el grupo iba cruzando por determinado lugar, a mí se me ocurrió utilizar, para ayudarme a avanzar, un gran tronco de árbol caído, que desde la otra orilla se extendía casi a flor de agua, llegando muy cerca de la orilla donde estábamos. Me fui agarrando de él mientras avanzaba caminando con el

En ambas fotos, enterándonos como nace el Río Tigre que corriendo hacia el Este desemboca en el Lago Cholila.


agua hasta los muslos, hasta que ya en la mitad del río, el agua me llegó a la cintura y comenzó a arrastrarme por debajo del tronco. Fueron unos segundos de angustia porque ya me veía mojado y helado de pies a cabeza. Mientras tanto los demás, ya en la otra orilla se reían y me sacaban fotos. Por fin y haciendo mucha fuerza pude volver hacia atrás y cruzar por donde lo habían hecho todos.

A todo esto y sin saberlo, teníamos frente a nosotros al cerro D-6 y todo el filo y cumbre del cerro Fortaleza -nuestros dos objetivos principales- pero aún no nos los habían "presentado" y no los reconocimos. El Dos Picos había quedado bastante atrás, el aluvión había ido ensanchándose y sus piedras eran de mayor tamaño. Parecía una gran avenida en construcción. El cielo estaba bastante nublado y todo el entorno tenía un aspecto triste y lúgubre que contrastaba con el bosque con sol y calor de los días anteriores. Los glaciares del D-6 pendían a nuestra izquierda muy por encima de nuestras cabezas. Una nueva caída de la carga de uno de los pilcheros, lo espantó y debimos detenernos por un rato. Mientras algunos ayudaban a Carlos con el caballo, otros nos dedicamos a observar con el binocular las cumbres que nos rodeaban. Nuestra aproximación había concluido. Por fin teníamos ante nosotros el “teatro de operaciones” con el cual habíamos soñado tantos meses en reuniones de trasnoche ciudadana y palpitado la aventura gastando fotografías de tanto mirarlas. Realmente el espectáculo era magnífico a pesar que las nubes escondían la mayoría de los picachos. Alcanzamos a distinguir unas torres de hielo sobre el glaciar superior del D-6, las que fueron motivo de discusión por determinar su altura. Pero hay que tener muchísima experiencia en la montaña para calcular la distancia y la altura de los objetos.

Foto izq. la Laguna Triste, Rolo Betinelli. ______________Foto der., subiendo hacia los filos, en los " ñires de Avo".


Proseguimos la marcha llegando poco después al lugar en el cual descendía el aluvión, recorrido a su vez por un arroyo que desembocaba en el río Tigre. El aluvión presentaba la clásica forma de “cono de deyección” y aparecía desde un estrecho cañón en la parte más baja de la montaña. Se presentó entonces una zona en la que el arroyo se esparcía en un amplio sector yendo a parar finalmente al Tigre. Cruzamos toda esta zona y nos metimos en unos mallines que cerraban la entrada al bosque entre paredones arbolados de un lado y el río del otro. (Ya veremos más adelante en el relato cómo este sector mallinoso dificultaría nuestro acceso desde el campamento a la montaña). Por fin pasamos los benditos mallines y nos internamos en el bosque por la margen izquierda del río Tigre. Pocos metros más allá se hizo un claro y apareció delante de nosotros un lugar con evidentes signos de haber sido habitado. Un cajón con inscripciones de El Maitén, algunas botellas, un piso de cortezas de árbol que sin duda había tenido un techado de ramas y dos bancos largos hechos con troncos y cañas. Nos detuvimos a deliberar mientras esperábamos al baquiano que había quedado algo rezagado pues ahora había preferido llevar él solo los cuatro pilcheros. Eran las seis de la tarde. Apenas llegó, Carlos nos dijo que a partir de ese lugar él no conocía nada. Sólo su padre había llegado hasta las nacientes del río Tigre y recordamos que nos había dicho que el río “no salía de un borbollón”. Se nos hizo evidente que Carlos no quería ir más adelante, no obstante nuestra idea era la de acampar en las nacientes, pues pensábamos que allí estaba la clave de la ascensión al cerro Fortaleza y no quería armar campamento base muy lejos del “arranque” en nuestros intentos. Decidimos entonces continuar y convencimos a




Obviamente, un fogón, para extrañar.





Carlos para que nos siguiera detrás. La picada se perdió completamente a poco de andar y dejando entonces los caballos a cargo de Carlos, proseguimos a pie. Es increíble pero indudable que un hombre sencillo como Carlos, o cualquier otro paisano, no quiere arriesgar más allá de lo conocido. Seguramente, si su padre se hubiera encontrado allí, Carlos lo hubiera seguido pues aquel conocía lo que seguía por delante. Hay en esto una cuota de responsabilidad por el grupo que guiaba a buen destino, pero también algo de temor. No hay que olvidar que se trata de gente de campo y no de montaña. Es digno de análisis, pues en esto se establece una clara diferencia con el espíritu de exploración que anida en todo montañés, aunque provenga de la ciudad como era en el caso nuestro. Un poco más adelante nos dimos por vencidos, al menos por ese día. Pensamos que las nacientes estaban lejos todavía y tal vez el cansancio influía y teníamos ganas de parar. De modo que dimos marcha atrás y regresamos al campamento abandonado. Allí armamos nuestras tres carpas y Carlos se organizó un parapeto con sus enseres para pasar la noche. Al día siguiente se marchaba y por lo tanto debíamos conversar con él esa misma noche. Después de la cena, Edgar y yo fuimos a verlo. Había terminado con su comida y estaba echado junto al fuego. Un viento bastante fuerte se arremolinaba sacando chispas del fogón. Nos sentamos y comentamos algunas de las peripecias del viaje. Hasta el momento no se había mencionado el costo del transporte y los servicios de guía. Así pues, se entabló más o menos la siguiente conversación:

-Carlos, ¿ya pensó lo que nos va a cobrar por sus servicios?- pregunté.

-Sí, claro- nos dijo con un revoleo de ojos característico en él.

-Bueno, ¿cuánto nos sale?- volví a preguntar.

-Y, trecemil pesos... -dijo y se calló.

Se hizo un silencio prolongado en el que nos cruzamos las miradas con Edgar varias veces. Entonces el Inglés murmuró.

-No habíamos pensado en tanto.

-Supongo que ida y vuelta- dije con mi habitual falta de tacto comercial.

-Sí, sietemil para venir y seismil para volver- respondió Carlos más animado por el pie que yo le había dado.

Nuevo silencio.

-Podemos dejarlo en docemil- agregó.

En un momento de debilidad y creyendo sinceramente que se lo había ganado, asentí con la cabeza y dije que estaba de acuerdo. El Inglés me seguía mirando con duda y asombro a la vez. Pero ya estaba dicho.

En realidad no sabíamos cuánto se cobraban ese tipo de trabajos y seguramente estuvimos flojos en no haber estipulado un precio antes de salir. Me levanté y fui a las carpas a buscar dosmil por cabeza. Mario y Cacho que estaban juntos en una de las carpas no me preguntaron mucho. Avo, como buen armenio, protestó un poco. En mi carpa estaba mi primo, Rolando. Luego volví al fogón de Carlos y le di docemil pesos diciéndole que habíamos decidido darle todo para no correr el riesgo de extraviar la plata. Lo miré y le dije que no fuera a dejarnos abandonados para regresar y que eso debería ser indefectiblemente el 25 de ese mismo mes de enero.

Nos habíamos fijado un tiempo de quince días para cumplir con nuestros objetivos ¿Alcanzarían? Todo dependía de nosotros y por supuesto, del clima. Queríamos volver a Bariloche “triunfantes” para reencontrarnos con los nuestros y si se daba, escalar en las agujas del cerro Catedral.

Muy bien -dijo Carlos Mellado- el 25 al mediodía estaré sin falta -estén listos, cargamos y salimos enseguida. Creo que fue la vez que más habló de corrido. Nos despedimos allí mismo porque sabíamos que al día siguiente, él saldría a primera hora y nosotros pensábamos dormir hasta que nos pidiera el cuerpo.

Avo Naccachian. ______Subiendo la arista.


Efectivamente el día 10 de enero amaneció para mí bastante tarde. Rolando roncaba, tal su costumbre involuntaria pero no por ello menos molesta, y afuera se oían voces. Me asomé por la puerta de la carpa y vi a los demás ocupados con el desayuno-almuerzo junto al fuego. Me vestí y salí. Era un día fantástico. Algunos habían escuchado a Carlos cuando se marchaba con los caballos. Yo confieso que no. Nuestro próximo paso, entonces, era organizar el campamento base. Las carpas ya estaban armadas y dispuestas en triángulo con la entrada hacia el centro. Una era de Mario. Estaba confeccionada en nailon impermeable, hecha los últimos días antes de partir de Buenos Aires y por supuesto no estaba probada con lluvia, viento y todo eso. Era del tipo de armazón externo y entraban dos personas. En caso de necesitarse estaba destinada a campamento de altura por ser la más liviana de transportar. La otra, que había sido de Mario, la habían comprado Edgar y Cacho a medias. Amarilla, con ábside en ambos extremos y sin sobretecho. Muy resistente a los vientos. Un poco pesada para transportar en una escalada. La tercera era la mía; con ábside y dobletecho había sido construida por mi madre con mi ayuda cuatro años antes; tenía una buena campaña de salidas encima pero todavía aguantaba bien. De tal manera dormíamos de a dos en cada carpa: Mario y Cacho. Edgar con Avo y Rolando (que dicho sea de paso es mi primo)conmigo. Pusimos manos a la obra en la construcción de un tinglado con ramas y cañas, destinado a proteger la treintena de latas con comestibles. Lo terminamos cubriéndolo con un paño de nailon grueso para protección de la lluvia. Avo -ansioso por entrar en acción- anunció que se iba a recorrer el aluvión para ir reconociendo posibles accesos. Nos pareció mejor que fueran dos y Mario salió con él.

En uno de los vivac Edgar y Carlos haciendo una especie de publicitario por los comestibles que donaban las empresas a las expediciones.

¡¿Qué ridículo no ?!


Mientras acondicionábamos el campamento no dejamos de hacer conjeturas sobre las posibles rutas. Sabíamos, por boca de nuestros amigos del Centro Andino, Hugo Bella y Pedro Khun, que el año anterior se habían internado por el aluvión, habían llegado a una lagunita de altura a la que llamaron Laguna Triste, e inclusive habían remontado su margen derecha hasta llegar al glaciar. También habían hecho observación de la cumbre del cerro C-5 al que bautizaron Cerro Fortaleza. Eso era todo y en realidad era bastante porque gracias a esas observaciones y sus fotos estábamos allí y ¡rodeados de cumbres vírgenes!

Suponíamos por otro lado que una vez llegados a las nacientes del río Tigre, también tendríamos el acceso al Fortaleza a mano y en realidad esta era nuestra cábala, pues además queríamos instalar el Campamento Base allí mismo. El segundo objetivo, que a mí en particular me había entusiasmado mucho a la hora de los sueños y proyectos, era el cerro D-6; punto culminante de la cadena montañosa de los “D”. Quizás acá convenga aclarar que al hacer los relevamientos geográficos y llevados estos a la confección de mapas, la parte correspondiente a la orografía, designa a los cerros con letras y números, hasta tanto alguien, por diversas circunstancias, los bautice de algún modo. Por ejemplo, en la zona en que realizábamos nuestra exploración y ascensión, los dos cordones principales figuraban en los mapas del Instituto Geográfico Militar con las letras “C” y “D”. El primero con cinco cumbres principales de entre 2.000 y 2.500 metros sobre el nivel del mar (2.500 m.s.n.m.). Desde C-1 hasta C-5, siendo el C-5 nuestro principal objetivo, el de mayor altura; bautizado por Bella y Khun en el verano del ´63 (y con toda razón por el formato de su parte superior) como Cerro Fortaleza.



Foto der. el primer vivac, Avo seca sus medias con la garrafita. ___ Foto izq. después de dejar la laguna Triste atrás, subiendo por el glaciar.


En el caso de los “D”, iban del D-1 al D-6. Y este era, (y sigue siendo), un cerro con forma de pirámide, cuya parte superior tiene cierta semejanza con el monte Cervino de los Alpes. Su cumbre, al igual que el Fortaleza, es de roca negra, lo cual indica un avanzado estado de descomposición; un granito que en su estado más “sano” tendría coloración rosada. Está rodeado de hermosos glaciares que caen a los valles desde grandes alturas. Sobre su ruta de ascensión no teníamos mayores ideas, aunque su cara norte ofrecía una rampa de nieve ascendente que nos hizo pensar en un posible acceso por allí.

¡ Hacia arriba a por el Fortaleza !


Así las cosas, terminamos de acondicionar el Campamento Base y mientras tanto regresaron Avo y Mario de su incursión de reconocimiento. Nos contaron que habían remontado el Aluvión -que ya tenía su nombre ganado- y llegado a la laguna Triste; observando desde allí el siguiente panorama: Desde la desembocadura de la laguna y mirando hacia el oeste, tenían el Fortaleza enfrente y por supuesto más arriba. A su izquierda (hacia el sur)una pared impresionante conducía la vista a la cima del D-6. De las partes superiores del Fortaleza bajaba una cascada de glaciar sobre una pared vertical que caía sobre la laguna. Optaron entonces por subir remontando el acarreo que tenían a su derecha y que llevaba a las paredes aparentemente fáciles que conducían al glaciar. Llegados al comienzo de ellas decidieron volver considerando suficiente el reconocimiento hecho. Su opinión era que en general ese no era el mejor acceso a las zonas superiores. Decidimos por lo tanto encarar el reconocimiento de las nacientes del río Tigre.

Los últimos tramos a la cumbre. __________________ La cunbre solitaria nunca antes visitada.


Al día siguiente nomás, salimos Cacho, Edgar, Avo y yo del Base a media mañana, llevando los machetes, pues sabíamos que más adelante la picada se terminaba y necesitaríamos de ellos para abrirnos paso en la tupida vegetación. Llegados a esa instancia buscamos la orilla del río y proseguimos sin mayores inconvenientes sobre la margen izquierda. El río iba describiendo una curva y orientándose francamente hacia el oeste, lo cual era lógico ya que todos o casi todos los ríos tienen su origen en las montañas, pero bajan por los valles buscando inexorablemente el mar. Cuando llevábamos más o menos una hora y media de marcha vimos con emoción que el valle se angostaba y terminaba cerrándose en un circo glaciar bastante más chico que el de la laguna Triste y el Aluvión. Es casi imposible describir lo que se siente cuando uno toma conciencia que está presenciando algo tan natural y a la vez tan vedado para los que viven en las ciudades y nunca salen de ellas. No es una pavada presenciar como, todo un valle, que en muchos casos puede tener proporciones descomunales, termina, o mejor dicho empieza, entre dos montañas en un espacio que -muchas veces- no tiene más de 50 ó 100 metros de ancho. Una lengua de glaciar se separaba del resto del hielo y descendía un trecho formando cascada y dando origen al, allí pequeño, Río Tigre.


Desde la cunbre del Cerro Fortaleza:___ Cerro Gran Nevado - Laguna Triste y su escape el Arroyo Triste y Glaciar del lado chileno.


A nuestra derecha corría el cordón de cerros que venían desde el Dos Picos. Su dirección era E-O y los negros picachos que emergían de sus glaciares no eran otros que el C-1, C-2, C-3, C-4 y C-5 que describiendo un gran arco tomaban la dirección Sur, culminando en el Fortaleza. En aquel momento eso no lo sabíamos aún, pues desde abajo, en donde nos encontrábamos era imposible tener un panorama completo de las altas cumbres. Tres torres que vimos por encima de nosotros supusimos que eran estribaciones del Fortaleza o este mismo. En media hora más estuvimos al pie de la cascada. Grandes bloques de piedra formaban obstáculo para el agua que corría allí con gran ímpetu salpicando todo con una fina llovizna. El hielo sucio, propio de la época del verano, se mantenía todavía en algunos sitios formando grandes y frágiles puentes por sobre el río. Nos entretuvimos un rato contemplando todo aquello y cobraba mayor interés en nuestros corazones, el pensar que eran muy pocas las personas que habían gozado el espectáculo. Luego de sacar algunas fotos comenzamos a subir por las piedras y a poco llegamos a las paredes de granito pulimentado por la acción del hielo. Tenían poca inclinación, pero llegamos a un punto en que la adherencia de nuestros zapatos y nuestro equilibrio se vieron comprometidos. Superado este tramo llegamos a un gran planchón de nieve dura y detuvimos nuestra ascensión. A nuestro alrededor y bastante arriba era todo glaciar y cascadas de hielo. Este punto de observación resultó ser más adelante malo y engañoso, pues en aquel momento decidimos que el reconocimiento podía darse por concluido y que hasta el glaciar se podía llegar fácilmente y en poco tiempo. Más tarde comprobaríamos que no habíamos llegado ni a la mitad del recorrido que nos separaba del glaciar y que además se interponía entre nosotros y el glaciar superior una morrena bordeada de acarreos. Decidimos entonces, como dije, regresar al campamento base; pero una vez abajo, lo hicimos por la margen opuesta del río, lo cual resultó mucho mejor pues nos encontramos con una picada mas o menos marcada por los animales sueltos que llegaban hasta allí. Llegamos al campamento en hora y media en total y cruzamos a “nuestra orilla” con la ayuda de un tronco caído por sobre el río.



Con Avo contemplado lo realizado.



Aquella noche fue de gran reunión en el Campo Base. Habiendo reconocido ya los dos puntos factibles de ascensión, y aunque Avo era el único que había estado en ambos, podíamos sacar una conclusión. La primitiva idea de instalar el C.B. en las nacientes del Tigre fue desechada puesto que el bosque - de muy cerrada vegetación- no ofrecía ningún claro apropiado, y “fabricarlo” a fuerza de machete no tenía razón de ser, debido al tiempo que nos hubiera llevado. El objeto de estar allí era escalar montañas y no acomodarse en el bosque al estilo de un pic-nic de fin de semana. Teniendo en cuenta por otro lado, que el acceso al glaciar parecía más factible en la zona de la laguna Triste, decidimos que el ataque a las cumbres se realizaría por allí. Una vez que alcanzáramos el filo decidiríamos qué hacer según las circunstancias.

Al otro día nos levantamos a las cinco de la mañana. Era de noche aún. Mientras algunos encendieron el fuego y otros prepararon un desayuno digno de la larga jornada que nos esperaba, el resto se dedicó a seleccionar el material de escalada y los víveres de altura. Rápidamente tuvimos todo listo y partimos los seis con los primeros resplandores del día. Nuestro propósito no era el de llegar a la cumbre, sino el de volver en el día con un depósito de víveres echo lo más cerca posible de ella; pero sin descartar -si todo se daba de forma rápida- la posibilidad de ascender a la cima. Llevábamos dos latas de altura que contenían cada una, comida para doce hombres por día; más una lata con galletitas de agua. Es decir que para nuestro grupo de seis, había comida para cuatro días. Además llevamos dos cargas de gas propano puro (incongelable a muchos grados bajo cero) de 1 Kg. cada una. El equipo personal era el corriente, pero con la cuestión de aliviar carga, no llevamos las bolsas de dormir; error que hubimos de lamentar como ya veremos.


En la pared que superaron Edgar y Mario para llegar a los filos nevados.



Saliendo del bosque entramos al mallín que forma el arroyo Triste al llegar a la parte baja. Este arroyo no tiene un cauce definido; se abre en varios cursos de agua inundando toda la zona por la que debíamos pasar. En realidad para nuestra desgracia, se trataba de una gran laguna, una especie de pantano pero sin barro y con algo de vegetación. El agua llegaba hasta nuestros muslos y en algún pozo traidor nos enterrábamos hasta la cintura. Superado esto entramos en el Aluvión propiamente dicho. Grandes y medianos bloques de piedra mezclados con pedregullo formaban una especie de avenida y entre ambas márgenes la gama de rocas más completa que se pueda imaginar dificultaba el avance por ese extraño cauce. El arroyo Triste proveniente de su laguna, mantenía allí sí, un curso definido y al frente nuestro teníamos un “portón” consistente en una abertura de no más de veinte metros de anchura entre las dos paredes laterales que pertenecían, una al D-6 y la otra a las estribaciones inferiores que conducían al filo del Fortaleza. En este estrechamiento se formaba el clásico “cono de deyección”. En hora y media llegamos a la desembocadura de la laguna Triste. El espectáculo que se ofreció a nuestra vista era francamente... triste. El color verde lechoso del agua -propio de los deshielos- y el lúgubre gris de los grandes paredones, formaba junto con el sordo ruido de las cascadas y la ausencia del sol a esa hora de la mañana, un ambiente nada alegre por cierto. Sólo al alzar la vista y ver los altos y refulgentes glaciares cambiaba el sentimiento que despertaba el lugar. Además del Fortaleza conté dos picachos, ambos de menor altura que aquel. Uno casi directamente arriba nuestro, el otro a mitad de recorrido entre ambos. Pero el Fortaleza -su cumbre propiamente dicho- sobresalía con mucho sobre todo lo que le rodeaba y el nombre lo tenía muy justificado. Visto desde allí presentaba una torre que constituía la cumbre principal, unida a otra cima ubicada al sur y algo menor, por medio de un filo con forma de dientes de serrucho. Es decir, tal como la sección de una fortaleza clásica: dos torres unidas por una pared almenada.



Ascendiendo el glaciar dopo dejar muy abajo la lagunita Triste.




A juzgar por la falta de nieve o hielo de sus paredes se veía que eran verticales.

Para llegar al filo del glaciar que teníamos encima a la derecha, tendríamos que superar unos paredones que no parecían tener demasiada verticalidad y para llegar hasta ellos debíamos salvar un acarreo de fuerte inclinación. Comenzamos con la lucha que representa subir todo acarreo, en donde dos pasos hacia arriba casi siempre incluyen uno o más para abajo. Llegamos por fin al filo y caminamos por él horizontalmente hasta las paredes a las que bordeamos llegando a un lugar en el cual se nos cerraba el paso con Ñire de altura, achaparrado y cerradísimo. Al frente nuestro teníamos una pared vertical de unos ochenta metros de altura, de roca peligrosamente descompuesta. Parecía la única salida para continuar hacia arriba y decidimos treparla. Edgar y Mario se encordaron y comenzaron a subir. Cacho, Rolando y yo nos ubicamos por ahí al sol a la espera del turno de subir; ya que no convenía ascender todos al mismo tiempo por la posible caída de piedras. En cuanto a Avo tengo la sensación que dijo algo, no me acuerdo que, pero lo vimos desaparecer entre los Ñires que nos cerraban el paso. Me quedé adormilado y cuando despabilé miré hacia arriba en la pared. Mario y Edgar habían desaparecido de la misma, lo que indicaba que la habían superado. Por otro lado se oían gritos de Avo que decía quien sabe qué. Al fin resultó que había descubierto un acceso hacia arriba una vez superado el bosquecillo de Ñires bajos, y nos llamaba. A los tres de abajo nos pareció mejor esa opción que perder tiempo trepando la pared y nos largamos por el camino de Avo. Mientras tanto Edgar y Mario habían superado la pared y también se encontraban en las primeras nieves con el Turco Avo. Él nos contó que para hacerse oír había tenido que bajar un tramo y que pasando la zona de Ñires, no muy extensa, había una cascadita que bajaba por roca fácil y de poca inclinación. Seguimos sus pasos y haciendo zigzag por la parte rocosa pronto llegamos a las primeras lenguas de nieve. Para no perder tiempo no nos colocamos los grampones y, ya los seis juntos, atacamos la suave pendiente pateando con las puntas de los zapatos y ayudados con la piqueta.

Voy a pedir licencia en la forma de relato que pueda seguir a continuación. El paso de los años y la pérdida de algunos apuntes de la época, puede trastocar un poco la cronología exacta de los hechos; pero nada de lo que se cuente tendrá el formato de ficción -por más que el acontecer en la alta montaña trastoque a veces nuestros espíritus de realidad en irrealidad. Quizás sea esta una de las razones del porqué se escalan las montañas.

Seguíamos pues salpicando relucientes esquirlas de hielo a cada patada de nuestros pasos, uno detrás del otro, los seis camino a nuestro destino de cima, haciendo zigzag cada tanto para "matar" la pendiente no demasiado empinada. No había indicios de grietas que requirieran ir encordados. Y así, libres, cada uno a su paso pero juntos, transcurrimos esa tarde refulgente de hielo y sol en ascenso constante, y cuando llegamos al filo tuvimos al otro lado la vista de un gran campo nevado, en cuyo fondo, muy abajo estaba la naciente del Río Tigre. Es muy difícil explicar algunas cosas si no se tiene un mapa o croquis en el cual ir mostrando lo que se dice; pero imaginen un gran, un enorme óvalo formado en su borde por infinidad de agujas de granito. Luego todo nieve, hacia abajo, hasta donde el abismo permite ver. Esto es lo que en montaña se llama circo glaciar, por su forma y por estar compuesto de nieve y hielo fundamentalmente; solo que su borde superior, o sea el filo, está coronado por picachos de diversas alturas que pueden ir desde los 30 ó 50 metros, hasta 100 ó 200 -y muchas veces más- desde su base en el filo hasta su cumbre. Estos picachos toman el nombre de agujas y son siempre la codicia de los escaladores. Pero no estamos en el relato de escuela sino en el racconto de un acontecer en contacto con la naturaleza de alta montaña.


Ascendiendo entre rocas y nieve.




Así pues lo que teníamos frente a nuestros privilegiados ojos era algo que nadie jamás había visto desde tan cerca; tan personalmente por así decirlo. En el borde que teníamos al frente, hacia el Norte, el Cordón de los "C". Cuya culminación al Oeste era el cerro Fortaleza. En esa ocasión bautizamos a uno de los picos mayores de ese filo, con el nombre de Cerro Gran Nevado y a todo el circo como Gran Campo Nevado.

Casi permitimos que toda esa maravilla se prolongara y cuando quisimos darnos cuenta la tarde se avasallaba de anochecer y ya no había tiempo para el regreso, por ese día. Nos resignamos -sin bolsas de dormir- a pasar una noche entre las rocas pero sin peligros de mal tiempo. Los chocolates y frutas secas de las raciones de altura compensaron las largas y heladas horas que se prolongaron hasta el amanecer con respingos de frío entre sueño y sueño. Al otro día tuvimos la compensación de que los primeros rayos de otra giornatta espectacular, pegaron de lleno en nosotros apenas amaneció. Nuevamente en funcionamiento los calentadores para fundir nieve y ¡chocolatada caliente para todo el mundo! ¡Dios mío, qué felices eran!

Ahora había que decidir qué haríamos. Algunos opinaron que lo que correspondía era atacar la cumbre del Fortaleza y asegurarse la cumbre, ya que desde donde estábamos era posible llegar al picacho en media jornada, ascenderlo y el resto del día emplearlo en regresar por donde habíamos subido. Pero aunque parezca una loca decisión, prevaleció otra idea. Fue tan grande la fascinación que despertó en nosotros el circo glaciar, que decidimos recorrerlo a su largo en todo el circuito que pudiéramos, para luego descender en el otro extremo hacia las profundidades en donde nos aguardaría la naciente del Tigre. Esto se puede juzgar como equivocado pensado en términos de "solo escalar cumbres" -sobre todo si se piensa en el buen tiempo que hacía y que podía cambiar a malo- Pero es más fácil de entender en términos de "exploración y escalada". Todos sabíamos sin decirlo que una vez ascendida la cumbre del Fortaleza, no volveríamos a subir para hacer el recorrido del Gran Campo Nevado y nos abocaríamos al intento de escalar el D-6. Con esto perderíamos la ocasión de recorrer zonas inexploradas y además estaba la incógnita de "ver" hacia el lado chileno, casi como si se tratara de asomarse sobre la medianera de nuestra casa para espiar a nuestra vecina. No olvidemos que estábamos en montañas que hacen de frontera entre Argentina y Chile.

Nos aprontamos pues -algo entrada la mañana- y salimos como el día anterior por el filo rumbo al Fortaleza. Siguiendo el rumbo y turnándonos para ir "de primero" pateando escalones en la nieve, en la pendiente suave y poco exigente fuimos ganando terreno y cielo en esa montaña soñada en tantos meses de ciudad. Cada tanto debíamos bordear un pico de roca que se alzaba elegante a nuestro paso. Al pico Fortaleza, su doble cumbre de roca con partes de hielo ya lo describí antes; pero tenerlo allí delante, como se dice siempre: "al alcance de la mano", era una maravilla. Cada paso que dábamos sabíamos que era terreno nunca pisado por nadie y la fortaleza que se alzaba delante de nosotros parecía esparcir energía. Pasadas unas horas era tan fuerte el sol que nos pegaba, sobre todo desde abajo pues el reflejo en la nieve es mucho más intenso, que tuvimos que colocarnos pañuelos a modo de mascarillas para protegernos las caras. De más está decir que llevábamos antiparras y sombreros.

No recuerdo la hora, pero muy pasado el medio día, llegamos al pie de nuestro Fortaleza. Al punto en donde hubiéramos tenido que comenzar la escalada. Así que con nuestras piquetas hicimos un hoyo en la nieve y enterramos tres latas con raciones de altura para cuando volviéramos unos días después. Señalamos el lugar con un círculo de piedras y enfilamos a bordear el Gran Campo Nevado. A esa hora -la de mayor temperatura- la nieve estaba muy blanda, de modo que a cada paso nos enterrábamos hasta las rodillas y a veces más. Era indudable que deberíamos afrontar ese esfuerzo durante varias horas hasta que el refresco del atardecer endureciera la nieve. Allí comprendimos el valor del uso de los "esquíes de travesía" que por aquella época eran muy poco conocidos y muy caros en la Argentina. Así avanzamos evitando perder altura y manteniéndonos casi en el filo (lo peor que puede hacerse cuando se enfrenta un largo recorrido es bajar demasiado alejándose de los filos). A nuestra derecha, un poco en dirección Sur, comenzamos a observar con mayor detenimiento un cordón montañoso muy particular. Entre agujas y agujitas cubrían prácticamente todo el filo que abarcaba nuestra vista. Las de mayor altura, sobre todo, terminaban con su cúspide muy puntiaguda y con forma similar a la de una capucha de monje. Por consenso general se ganaron el nombre de Cordón Monasterio por su similitud con una hilera de monjes.



Después de la cumbre, bajamos con el Co, Dos Picos a la vista.



La tarde iba pasando y la marcha forzadamente lenta por la pesadez de la nieve, hacía evidente que si no decidíamos mandarnos para abajo en ese momento para tratar de llegar al Campamento Base antes de la noche, lo que quedaba era continuar recorriendo lo más posible y hacer un segundo vivac ya que el tiempo parecía no querer descomponerse. Optamos por esto último ya que en realidad aún quedaba bastante por recorrer y sobre todo asomarnos a espiar a nuestros vecinos. Esta oportunidad se nos dio en un momento que decidimos subir hasta el cercano filo para reconocer tres agujas muy juntas que llamaron nuestra atención vaya a saber porqué. Al rodear a una de ellas por el Oeste quedamos, por así decir, del lado de Chile. Dado que estas alturas eran las mayores en esa parte de la Cordillera, se suponía que delimitaban la línea de frontera, de modo que estábamos del lado chileno. Bueno, podría parecer de poca importancia, pero si uno piensa en seis tipos que pasaban la mayor parte de su vida en la gran ciudad, este hecho cobra una dimensión de visión y comprensión geográfica muy importante. Lo que vimos fueron principalmente dos cosas: muy abajo, en el valle, un glaciar "rastrero" enorme que ese extendía por varios kilómetros de longitud, que nos hizo acordar a los grandes glaciares de los Alpes de Europa, que conocíamos por fotos. Su recorrido muy extenso y ondulante, con morrenas en ambas orillas, lo que da una idea de su gran dimensión, era impresionante. Y hacia el frente, extendiendo la vista, un "mar" infinito de cumbres y glaciares de altura, que se perdía en el Oeste hasta donde alcanzábamos a ver. Y esto era mucho pues el día lucía sin una sola nube y no había bruma en el horizonte. Algunos exagerados pretendieron ver el Océano Pacífico, allá lejos en el "fondo".

Esto, creo particularmente, no era del todo descabellado, teniendo en cuenta lo angosto del territorio chileno. De hecho en otras regiones de la Cordillera se llega a concretar; pero esto ocurre cuando en la latitud en la que uno se encuentre (y siempre estando a alturas superiores a los 2.000 m.s.n.m.) coincide con esa particularidad de Chile de tener fiordos y ensenadas -senos, como los designan ellos- Y lo que se llegan a ver son estas entradas del mar muy adentro en el territorio, que no es lo mismo que ver el océano propiamente dicho.

Si estoy equivocado que me lo desmientan.

Bien, luego de esta nueva fascinación de altura y dada la hora -aunque todavía con una o dos de luz- decidimos preparar nuestro segundo vivac ¡sin bolsas de dormir! allí mismo, al pie de esas simpáticas agujas que nos servirían de resguardo. Además el cuerpo nos pedía un "parate". Estábamos molidos de cansancio, el sol había hecho sus estragos y teníamos un hambre y una sed espantosas. Allí aprovechamos la luz que restaba del día para sacar fotos consumiendo los comestibles que nos habían aportado algunas firmas comerciales y esto era parte del trato para que ellos las usaran como publicidad de sus productos en condiciones extremas.

Segundo vivac. Experiencia helada si las hay. Por suerte tenemos comestibles preparados con celo y equilibrados para aportar muchas calorías. Miel, chocolates, nueces, pasas de uva, leche en polvo, té y galletitas de agua, entre otras cosas, nos dan la energía necesaria para afrontar la falta de bolsas de dormir. De todos modos y aunque no contábamos con un termómetro, calculábamos que por lo benigno del clima que se venía dando día a día, sumado a la ausencia de vientos, la temperatura no debe haber bajado de los cinco o diez grados bajo cero. Por otro lado todos teníamos -eso sí- camperas de duvet y un rebusque antiguo de los primeros alpinistas: vaciar la mochila y meter los pies adentro para pasar la noche lo mejor posible. Por supuesto dormir con toda la ropa puesta y no encoger las piernas para facilitar la circulación sanguínea.



Avo desde la Lgna. Triste.



Último día de exploración del Gran Campo Nevado y descenso al valle por las nacientes del río Tigre.

Sí, ese día encaramos directamente hacia abajo y para ganar tiempo, debido que las primeras pendientes eran de bastante inclinación, armamos un "rappel" con nuestra cuerda de 200 mts. ¡de cáñamo! de diez milímetros de grosor. Algo que en esta época -vale aclararlo- resulta ridículo; pero que en los años sesenta todavía era de uso, pues no era fácil adquirir una cuerda de material sintético. Después tuvimos que arrepentirnos de haberla utilizado, sobre todo siendo tan larga. El cáñamo mojado por la nieve resultaba excesivamente pesado y tuvimos que turnarnos para llevarla a la espalda. Así fuimos descendiendo y perdiendo altura hasta que al caer la tarde llegamos a la parte baja del glaciar y poco después al arroyo que daba nacimiento al Tigre. Un par de horas de marcha más y arribamos al Campo Base en donde nos dispusimos a recobrar fuerzas para una nueva incursión ¡esta vez sí, escalar el Fortaleza!

Pero había algo más y muy importante para resolver: La ascensión del Cerro D-6, del cual ya veníamos hablando por donde "atacarlo" y qué nombre le pondríamos si lográbamos su cumbre tan llamativa -aunque distinta- como la del Fortaleza. Y hubo también en esta inolvidable expedición la cuota de sorpresa. Nos la dieron al resto del grupo la cordada que en forma reservada, formaron Cacho Aguirre y el Tano Mariolino. Creo que no había transcurrido ni un día desde nuestro regreso luego de la recorrida por los filos, cuando desaparecieron desde temprano y por toda una jornada. Los que quedamos supusimos que habían salido para hacer el reconocimiento de una posible ruta de ascensión. Pero al reaparecer por la tarde en el Base, "traían en el bolsillo" la cumbre del D-6 ¡El reconocimiento resultó en un excelente y rápido ataque que dio como resultado la conquista de la cumbre!

Nos dejaron deslumbrados. Habían cruzado los mallines del aluvión cruzando el arroyo Triste a la madrugada, y dirigiéndose no por el frente, sino por su lado Este, fueron ganando altura y no encontrando ningún obstáculo insalvable, continuaron ascendiendo. Cuando vieron que lo más factible para avanzar era rodear el pico cumbrero "por detrás" es decir por el Sur, no lo dudaron y al evaluar los tiempos de ascensión y regreso continuaron hacia arriba hasta alcanzar la cima. Sólo quedaba bautizarla para perpetuar este notable logro.


Regresando se reanudan los vadeos del río Tigre.


En Buenos Aires -ya sabemos- no hay montañas, ni siquiera algunas piedras con la suficiente altura como para practicar escalada. Durante una época los fundadores del C.A.B.A. (Centro Andino Buenos Aires) recurrieron a una abandonada fábrica que existía en Escobar, en la zona norte del Gran Bs. As., y que disponía de una chimenea de ladrillos sin revocar de tal vez veinte metros de altura. Con el tiempo se tornó peligroso su uso pues sus ladrillos se desprendían fácilmente. Fue así como algún funcionario municipal prohibió su acceso y ¡adiós a la palestra de entrenamiento! Había que buscar un reemplazo, porque era imposible imaginarse escaladores sin trepar alguna cosa para estar en forma y afrontar la montaña real en las vacaciones de verano. Sólo los fines de semana largos nos dábamos el gran gusto de viajar en tren a Sierra de la Ventana -distante 600 Kms.- o peor, a Los Gigantes en Córdoba, a 800 Kms. Fue así como en los años sesenta se comenzó a probar la práctica en los paredones que bordeaban la avenida General Paz, que delimita la Capital Federal por su lado norte. Estas paredes, si bien y por desgracia de muy poca altura (unos tres metros apenas), tenían la particularidad que estaban construidas con piedras de verdadero granito, agudas aristas e irregulares salientes que permitían "inventar" los agarres para manos y pies del modo más parecido al de una pared auténtica de montaña. La práctica la realizábamos desplazándonos por ellas en sentido horizontal al estilo de una travesía y con eso adquiríamos la suficiente destreza. Faltaba, eso sí, el componente altura, por lo cual no había lo que se llama "exposición al vacío". Pero con un poco de imaginación la cosa funcionaba bastante bien a falta de algo mejor. Para agregar anécdota hay que decir que la práctica de ascensión en hielo con grampones, la hacíamos con gruesos tablones de madera blanda, apoyados con una cierta inclinación en estas mismas paredes. En fin, la cuestión que los fines de semana éramos un verdadero espectáculo con connotaciones de locura para los asombrados paseantes de las tardecitas de Buenos Aires.

Se habrán estado preguntando qué tiene que ver todo esto con el relato de Cholila, y es para dar pie al porqué de la elección del nombre impuesto al D-6, que de allí en más pasó a llamarse Cerro Gral. Paz, en honor a nuestra impagable, insustituible y... única palestra ciudadana.

De modo que ya teníamos dos importantes objetivos cumplidos. Faltaba el principal. El motivo de nuestro sueño de ciudad: la ascensión del Cerro Fortaleza. Esta cumbre, la mayor altura de la región, se calculaba y así figuraba en los mapas, como C-5, de 2.500 m.s.n.m.; siendo sólo igualado o apenas superado por el Cerro Chato, en la misma región a pocos kilómetros al sur y que había sido ascendido unos años antes por una expedición del C.A.B.A. similar a la nuestra. El clima por suerte para nosotros, no aflojaba y salvo algunas "nublazones", se mantenía constantemente bueno. Así pues, nos metimos de lleno en la organización de su escalada, con la ventaja que no tendríamos que cargar con los comestibles, ya que el depósito nos esperaba allá arriba. Equipo personal y general de escalada, ropa, solo la puesta y, esta vez sí, las bolsas de dormir, que habíamos jurado no dejarlas ni para ir al baño. Al día siguiente de madrugada y amaneciendo nos veíamos luchando en el bendito mallín con el agua helada hasta la rodilla. Pero, como se sabe, la segunda vez es más fácil, de modo que al rato habíamos dejado atrás la zona del aluvión y el arroyo y nos encontrábamos nuevamente con la Laguna Triste. Rápidamente encaramos por la derecha y a eso de la media mañana estábamos atravesando los famosos Ñires del Turco Avo. Ya en contacto con la nieve, esta vez la encontramos más dura y para evitar resbalones y rodadas nos encordamos de a tres. No puedo recordar por más esfuerzo que haga cómo compusimos los dos grupos, es decir quién iba con quién; pero no tiene la menor importancia ya que nada malo sucedió, lo que hubiera dado lugar a especulaciones del tipo: "si hubiera... etc., etc." Así que con un fuerte sol y algunas nubes que daban de tanto en tanto un respiro, llegamos al filo que conducía directo al picacho. Como se trataba de un grupo de seis y tratábamos de mantenernos unidos la marcha se hizo algo lenta, de modo que recién a eso de las seis de la tarde arribamos al lugar en que habíamos enterrado las latas con las raciones. En otras circunstancias, es decir, bajo la amenaza de un cambio en el clima, quizás hubiéramos podido apurar el trámite de ascensión y tal vez haber bajado con las últimas horas de luz. Pero eso no ocurría, sino todo lo contrario y sin decirlo todos deseábamos prolongar ese estado de suspensión entre el cielo y la tierra. Por otro lado tampoco sabíamos qué nos podía deparar la escalada propiamente dicha. Las paredes que teníamos delante eran de bastante verticalidad y aunque no completamente lisas, se trataba de la misma roca negra descompuesta que ya conocíamos y que exigiría mucho cuidado en su ascensión, para evitar accidentes y por consiguiente retardaría la acción. Entonces nos decidimos por el vivac sin apuros. Sacamos muchas fotografías y disfrutamos de ese -quizás- último atardecer en la alta montaña. Todo era quietud y silencio hasta donde alcanzaran los sentidos y esta vivencia perduró -estoy seguro- por toda la vida en nuestras almas. La reverberación naranja de las últimas horas sobre los picos que nos circundaban, no se puede contar con palabras y más tarde y con la llegada del anochecer fue preciso meterse en las bolsas de dormir para no perder temperatura. Encendimos los calentadores para preparar algunas bebidas calientes y poco a poco nos fuimos quedando dormidos, muertos de cansancio pero sintiéndonos los seres más felices del mundo.

El último día tampoco nos falló en cuestión de clima y después de desayunar brevemente nos encordamos -esta vez de a dos por cuerda- y salimos bordeando la pared un poco a la derecha para evitar el hielo y pisar roca. Tuvimos que andar con mucha precaución por lo flojo que denotaba ser este viejo granito. Cuando un granito es "joven" tiene una coloración entre rosado y naranja y se lo ve más compacto. Aunque tenga fisuras, estas son bien cerradas y si uno trata de meter la punta de la piqueta será casi imposible. Además al meter un clavo de escalada y martillarlo, este "cantará" con el clásico sonido vibratorio del metal. En cambio la roca vieja es entre gris y negra, las fisuras son más abiertas y al forzarlas con la piqueta, las partes cederán abriéndose. El clavo penetrará con un sonido hueco y no se podrá confiar en quedar colgado de él. De todos modos estábamos ahí para subir como fuera y tratando de no separarnos para que alguna piedra desprendida por la cordada que iba adelante tomara mucha velocidad y golpeara a los que seguían detrás, fuimos ganándole altura al Fortaleza. Cerca del mediodía el primero de cuerda en ese momento -no recuerdo quién- hizo cumbre y de uno en uno, pues el espacio no permitía reuniones, fuimos pisando la tan anhelada cima del Cerro Fortaleza.

No se puede decir que la trepada requirió grandes proezas de equilibrio; quizás sí, en algunos "pasos" hubo exposición al vacío; pero en general se la puede catalogar de mediana dificultad y creo que nuestra expedición tuvo su mayor valor en dos cosas: el "acercamiento" desde el último lugar civilizado hasta la cordillera; debiendo transportar a caballo durante tres días y sus noches, con trece vadeos del caudaloso Río Tigre, toda la carga de comida y equipos para un mes. Y el reconocimiento y escalada de cerros y filos, que hasta ese momento figuraban en los mapas como "región inexplorada".<>

El Negro Aguirre y Rolo.

El último dia partiendo del campamento base.

En el albergue El Yeti, Köpcke, Aguirre, Naccachian y Pichín Torres.

En el Campo Baso el Antiguo ¡ fumando!


Nota: Los nombres: Co. Gral. Paz - Ayo. Gral. Paz - Ayo. Triste - Co. Gran Nevado y Filo Monasterio fueron puestos por nuestra expedición. Así mismo confirmamos los de: Co. Fortaleza y Lgna. Triste, bautizados el año anterior en el intento de Bella y Khun. Dejamos constancia de todo ello en el Instituto Geográfico Militar; única entidad dedicada a registrar este tipo de hechos.

En este relato rescaté los apuntes de los años ´60 referidos a la Expedición que realizamos un grupo de seis montañistas -además de amigos- a las nacientes del Río Tigre en la remota cordillera lindante con Chile, a la altura de la localidad de Cholila, cercana a El Bolsón; en la provincia de Chubut. En esta expedición, «descubrimos» (para nosotros) cómo nace de un glaciar un pequeño arroyo, que luego en su decurso por el valle se transforma en caudaloso río en busca de su destino de mar. También en la ocasión realizamos las primeras ascensiones de dos cerros inescalados y de máxima altura en la zona: el Fortaleza y el General Paz, de 2.500 y 2.200 mts. respectivamente.



Las Expediciones


Este es el trabajo de gran envergadura. La expedición condensa todos los esfuerzos, toda la experiencia acumulada, todo el entrenamiento y todo el trabajo de equipo. Una expedición se hace efectiva, generalmente en la época de vacaciones normal, es decir en enero o febrero, y comienza a programarse exactamente cuándo se regresa de la anterior; en el momento en que se revisa el equipo que se "salvó" y se saca un balance de lo hecho. El montar una expedición en suma, refiere conocimientos, tiempo y dinero. Desgraciadamente esta ocupación no escapa a la regla, los gastos son mayúsculos. En Europa o Estados Unidos, diversas instituciones o los mismos clubes y en muchas oportunidades el mismo gobierno, apoyan el esfuerzo de los montañeses tras porque conocen la importancia de estas empresas. En nuestro país tan rico en orografía y con tantos lugares como quedan por explorar, no ocurre lo mismo. Todo el gasto sale de los bolsillos de los propios participantes. Un equipo completo y eficaz para el logro de un objetivo requiere, además de ropa adecuada a la circunstancia, equipo moderno de escalada, carpas, cámaras fotográficas y filmadoras para documentación; instrumental para determinar condiciones climáticas y geográficas (si se quiere dotar a la expedición de estudios científicos como relevamientos de alturas, glaciología, hidrografía, etc.). Elementos de cocina y campamento. Y por su puesto, comida.

La lista es larga. Demasiado larga para que la sostengan los que ponen el cuerpo. Pero no tanto como los beneficios que reportan estas exploraciones: Conocimiento sobre el propio territorio y aplicación posterior al turismo.

El montar una expedición en suma requiere conocimientos y entrenamiento fuera del alcance para la mayoría de las personas.



HIELO CONTINENTAL - ENERO DE 1965


Provincia de Río Gallegos – Patagonia - Argentina



El Cordón Marconi visto desde el Hielo Continental.



En esta inmensa planicie continental de hielo, casi única en el planeta, que ocupa muchos miles de kilómetros cuadrados y está situada al sur del continente, a la altura de la provincia de Santa Cruz; se desarrolló nuestra 2ª Expedición a la Patagonia. Su límite occidental son los fiordos chilenos en el Océano Pacífico y el oriental lo constituye la Cordillera de los Andes. En esta zona están ubicados los cerros que son desde hace tiempo objetivos de interés internacional. Todos los años concurren a nuestro país expediciones europeas y de Estados Unidos, atraídas por la fama que han adquirido estas montañas debido a su alto grado de dificultad al que se suma el inhóspito clima austral. También nosotros tuvimos la suerte de poder explorar y conocer esas inmensas soledades pocas veces visitada por los hombres. A principios de 1965 partió nuestra expedición con el objeto de reconocer el acceso al Hielo Continental y eventualmente lograr las cumbres inescaladas del Cerro Marconi.



DIARIO DE EXPEDICIÓN


Cerro Marconi - Hielo Continental


Cordón Marconi cara oeste - Cumbre Sur a la derecha y Cumbre Central.

31 de Diciembre de 1964


Desesperamos, el Colimba, Cacho y yo en la estación del tren. No viene y el avión que nos llevará al sur, sale a las cuatro de la madrugada. Es la una y media de la noche. El Turco Avo va por su lado al Aeroparque.

Por fin ahí. Pancho Perri, Mabel Baglietto, el Inglés Köpcke, Irineo, Frida y Jorge, Lisi, Ponzoña Cardani, Cucusita, el Huarpe Enrique Triep, Elena y Julia Bianchi, Bambufoca Bettinelli, el Gordo Angiorama y otros. Despedida. Tristeza.

1 de Enero de 1965 -

En el avión mucho "baile". Viaje desequilibrante. Bahía Blanca. Trelew. Comodoro Rivadavia. San Julián. Son las 12 hs. Estamos -por su inmensidad- casi "perdidos en la Patagonia". El tal Fonzo que debería hacernos continuar viaje no aparece ni aparecerá nunca. Nos pasamos cinco horas en la estación de servicio pero nadie nos lleva. Por fin cae un viejo colectivo y arreglamos para salir al día siguiente a Santa Cruz. Pedimos alojamiento en Prefectura y mientras el Colimba Santiago Rosas y Julio Cacho Aguirre duermen, Avo y yo vamos al correo. Despacho una carta a Mabel que está en Bariloche y un telegrama a mis viejos. En Prefectura ducha caliente y revivimos ¡Lo despertamos a Cacho para que se "castigue" también con el baño! Santiago... duerme. Luego escuchando boleros de Tito Rodríguez nos dormimos.

2 de Enero -

Ayer mientras buscábamos un vehículo, con Cacho llegamos hasta la orilla del mar. Realmente San Julián es interesante allí, pues la Bahía es una formación tan especial que ofrece gran protección natural a los barcos. Por otro lado el pueblo no tiene ningún atractivo. A las siete de la mañana nos levantamos y nos vamos a la "estación" de ómnibus. Pagamos y salimos. El viaje es muy monótono y a las diez de la mañana llegamos a Comandante Piedrabuena. Tomamos un café y preguntamos por el camión-correo que va a las estancias de la Cordillera, nuestro destino. Nos dicen que salió ayer a las seis de la mañana, con lo cual nos damos cuenta que aunque hubiéramos podido salir enseguida de San Julián, no lo hubiéramos alcanzado. Dicen que vieron a la Polaca Isabel y a su papá. Ella "pescó" el camión del correo pues viajó un día desde Buenos Aires y allí consiguió un avión-correo que la llevó a Santa Cruz. Ya nos enteraremos cuando la veamos en Piedra del Fraile; lugar de encuentro común a todas las expediciones. Luego proseguimos el viaje en colectivo; por mi parte duermo hasta que Avo me despierta y me muestra el pueblo de Santa Cruz que tenemos a la vista. Son las doce cuando paramos. Nuestra esperanza es verlo a Fonzo, de modo que bajamos con la idea de ubicarlo. Vemos un Renault rojo y salimos disparados. No, no es. Fonzo no está ni estará; salió el 31 hacia Lago Argentino. No debe haber recibido mi telegrama en el que le pedía que nos llevara a la cordillera en su servicio particular de transporte. Las explicaciones nos las da muy amablemente el señor Jorge Vidal, estanciero del lugar, quien al saber nuestra intención de ir a Lgo. Viedma se ofrece a llevarnos en su avioneta hasta la estancia Viedma Primera. Pero por desgracia sólo puede llevar a tres ¿Quién se queda?

Volvemos a la prefectura. Conversamos con los jefes y muy amables nos ceden una habitación para dormir, sabiendo que estamos de paso. Luego de instalarnos salimos para comer algo y no dejamos de preguntar a todo el mundo si saben de alguien que nos lleve a Lgo. Viedma. Nones. Luego vamos al correo y mandamos un telegrama al Inglés avisándole los días que sale el camión-correo. Este servicio va tres veces al mes a Lago Viedma. Otras tres veces a Santa Cruz. Y a Tres Lagos otros tres diferentes días al mes. Luego comemos en una cantina y volvemos a Prefectura. En el camino topamos con un viejo y cuando le preguntamos si conoce la casa de Fonzo (no perdemos la esperanza) nos entrega una carta de él. Curiosa y afortunada coincidencia. En ella nos dice que recibió nuestro telegrama, pero que tuvo que viajar y regresa el domingo 3. Por la tarde vamos con Cacho a definir con Vidal. Nos dice que puede llevar dos personas y la carga completa. Deliberamos con Cacho Aguirre. Es una oferta tentadora; no nos cobra y en cuanto al regreso de Fonzo nada es del todo seguro. Sorteamos entre los dos y pierdo, por lo tanto sólo queda decidir entre Avo y el Colimba, para ver quién se queda conmigo y viajar de alguna otra manera. En prefectura sortean y gana el Turco. Santiago y yo nos quedaremos... por ahora; Avo y Cacho saldrán con el avión mañana. Como último recurso les pedimos a los de Prefectura que nos lleven a los cuatro, pero "escabullen el bulto" y sólo consiguen que la Policía nos lleve a Santiago y a mí hasta Piedrabuena. Allá tendremos mejor suerte de conseguir viaje.

3 de Enero -

A las 6 nos levantamos. Cacho y Avo preparan sus cosas y nos alivian algo de peso a nosotros. A las 7:30 llega Vidal en una Pick-Up. Los veo irse y me da un poco de rabia tener que quedarme sin seguridad de salir. Pasamos el resto de la mañana más aburridos que dos ostras. A mediodía Santiago lleva una nota para Dejar en lo de Fonzo por si llega. Yo salgo a averiguar qué pasa con el comisario de policía y el prometido viaje. En el trayecto me topo con el ómnibus que lleva a los pibes a jugar un partido de fútbol en Piedrabuena. Parece que hay lugar para nosotros, pero a último momento no puede ser. Ahí mismo se detiene una "chatita" y el conductor me dice que viene de parte del comisario, para salir a Piedrabuena. Vamos a Prefectura en donde espera el Colimba con todo listo y nos despedimos del prefecto Lasca y el sub González. Al salir respiro aliviado, Sta. Cruz queda atrás como una fea pesadilla de abandono, soledad y postergación de resoluciones. Sentimientos nada buenos para un grupo de montañistas con ganas de arrasar todo con pura acción. Muy rápido llegamos. Llueve. Vamos a comer a un bolichón. Cientosesenta pesos un almuerzo de peste. Luego salimos a buscar posibilidad de viajar a la Cordillera; si no conseguimos nada antes, deberemos esperar la salida del correo el martes 5 y perderíamos dos días. Nos imaginamos que Avo y Cacho ya habrán llegado a la zona del Fitz Roy y nos desesperamos. Por fin Santiago consigue que un camión que viaja vacío a Tres Lagos, nos lleve. Salimos enseguida. La cosa cambia para nosotros. En el viaje el Colimba duerme de a ratos; yo quisiera hacer lo mismo pero me esfuerzo en conversar con el conductor. Se llama Morales, trabaja transportando lana de oveja desde las estancias. Nos hace una gran gauchada en llevarnos porque no sólo adelantamos tiempo, sino que también nos ahorramos el gasto del viaje en el camión-correo. El trayecto es lo más monótono que había conocido en mi vida, pero jamás olvidaré esa gran extensión de estepa patagónica, que se pierde en el horizonte a cualquiera de los lados que uno mire. Luego de cuatro horas y media llegamos a Piedra Clavada, 5 Kms. antes de Tres Lagos. Decidimos quedarnos, porque allí hay surtidor de nafta y es parada obligada de cualquier vehículo que siga hacia el oeste. Hacemos una visita a la piedra que le da nombre al lugar. Es una formación rocosa en forma de cuña con su parte más ancha en la parte superior y es lo único que sobresale del suelo en muchos kilómetros a la redonda. Nos conformamos sacándonos fotos "haciendo facha" de escalarla. También hay un pequeño hotel allí y hacemos relaciones con la gente. Sólo nos resta armarnos de la "paciencia oriental" puesta en evidencia en los libros de montaña de Herbert Tichy y esperar el advenimiento del Mesías encarnado en algún conductor que se dirija a Lago Viedma. Esa noche dormimos muy bien con nuestras bolsas en un galpón del hotel.

4 de Enero -

Nos levantamos tarde y sin pena ni gloria va pasando la mañana. Almorzamos. La "mufa" va llegando a un extremo insoportable. Camión que llega, camión que hablamos, pero ninguno va al Viedma. Santiago va y le habla a uno de los dueños del hotel para que nos lleve con su camión Ford. Lo va a pensar. Más tarde le pedimos al socio y consciente en llevarnos cobrando 4.000 pesos. Tengo ganas de llorar, la cifra es exorbitante pero aceptamos con tal de salir de allí. El tipo prepara el vehículo, pero corren las horas y no pasa nada. Luego nos dice si no sería lo mismo salir al día siguiente, a las seis de la mañana. Nosotros no transamos, aunque hay una diferencia de actitudes entre el Colimba y yo. A Santiago ya le llegó la mufa a cualquier altura, yo todavía creo poder aguantar y esperaría para ahorrarme las cuatro "lucas". De todos modos el tipo no nos da bolilla y a la tarde sale a Tres Lagos sin decirnos ni medio. Nos da mucha bronca su actitud pero no nos queda otra que resignarnos. En la parte trasera del hotel hay una piedra que descubrió el Colimba y nos ponemos a treparla para matar el tiempo. Cuando estoy arriba descubro a tres tipos con ropa de "rocciatore", no los reconozco, pero casi me tiro al suelo y salimos disparados. Al acercarnos descubrimos que son Teodoro Cifuentes y Juan Pablo Nicola, quienes junto con Igon y su cuñado se dirigen en expedición al Río de las Vueltas, en un camión de Vialidad

que les fletó el gobernador de Río Gallegos. Seguramente un contacto que habrán hecho previamente en Bs. As. ¡Salvados! No tienen inconvenientes en llevarnos.

5 de Enero -

Nos levantamos a las ocho y es un placer matear con Cifuentes.

-No puedo olvidar que mis primeras incursiones de escalada en roca junto al Turco Avo, mi compañero de cuerda, fueron en las agujas del cerro Catedral. Allí conocí a Teodoro Cifuentes, gran escalador de aquellas épocas y a la sazón encargado del Refugio Emilio Frey-

Luego nos preparamos y salimos a las 9 hs. El trayecto resulta muy incómodo debido a que la caja abierta del camión, embolsa la tierra que levantamos en el camino y la manda adentro. Por fin vemos el lago Viedma y la cordillera; aunque todo está cubierto por nubes y el Fitz no se ve. A las 12:30 llegamos a la casa del poblador Barrientos. El camión no sigue más. Podría hacerlo, pero algo a ocurrido entre los que lo conducen, no sabemos qué. En fin, vamos a un galpón y preparamos comida. Cifuentes hace Quaker con leche y al rato cae el dueño de la casa con una fuente de cordero ya cocido. Lo calentamos y está para "chuparse los dedos". Como no queremos perder tiempo, Santiago y yo salimos enseguida -no podemos permitirnos modorras-. Nos acompañan Cifuentes e Igon que van hasta la estancia de Domenech, que es quien los llevará con los caballos hacia su objetivo: el Cerro Poincenot. Son las tres de la tarde. Llegamos al Río de las Vueltas. Una gran emoción; es la primera vez que lo veo luego de oír hablar sobre él en tantas reuniones trasnochadas de Buenos Aires. A lo lejos se ve la casa del señor Rojo, otro de los estancieros de la zona. Luego de cruzar el río por el puente, subimos una corta cuesta y del otro lado encontramos dos cajones de carga vacíos. Uno de ellos es el número seis nuestro, el otro es de la expedición de Comesaña. Es inexplicable, se suponía que a ese lugar debía llegar el tractor de Rojo a buscar las cargas y los cajones recién se abrirían en la casa de Standhard. Quizás sea exagerado, pero me siento un poco molesto, pues como jefe de la expedición debería haber estado presente en esos pormenores de organización. Deberé conformarme a esperar estar en el Campamento Base de Piedra del Fraile, para enterarme lo que ocurrió y confiar en que nada nos falte de ese cajón. La caminata se hace pesada. Me siento un poco falto de entrenamiento, luego de tantos días de no hacer casi nada de actividad física. Por fin llegamos a la altura de la estancia de Domenech. Allí se separa de nosotros, Cifuentes. Nos despedimos a gritos pues viene más atrás -adiós amigo, espero que tengas suerte-. Nosotros apuramos pues queremos llegar hoy a lo de Standhard. Son las siete de la tarde. A poco andar llegamos a la cabaña de Parques Nacionales. La inspeccionamos; es de material, piedra y cemento, muy bien hecha. Está vacía y es evidente que nadie la habita. Tiene cocina a leña e instalación de baño. Frente a ella corre el Río Fitz Roy, al que deberemos cruzar y que en ese lugar se une al Río de las Vueltas. No hay puente y buscamos un vado sin mucho éxito. Finalmente decidimos quitarnos zapatos y pantalones y ayudados con unos palos, a modo de bastones. Es algo tarde, llueve un poco y hay viento. Pese a todo, enfrentamos la fuerte correntada. A esa hora hay mucho caudal de agua y tal vez anímicamente nos influya el saber que por ahí se ahogó el escalador francés Poincenot en 1952, cuando la expedición francesa conquistó por primera vez, la cumbre del Fitz Roy. De todos modos nos largamos porque es muy temprano para suspender el avance hasta el día siguiente por la mañana, que es en donde el caudal sería el menor en todo el día. (Esto es así porque durante las noches, en las horas más frías, los ríos de la alta montaña ven disminuido su aporte de agua por parte de los glaciares que los alimentan. A medida que transcurre el día todo se va calentando y el mayor caudal lo tienen por las tardes de cada jornada. Luego al sobrevenir la noche, el proceso se repite). El agua helada nos llega a los huevos y nos corta la respiración; los pies duelen por el frío y las piedras del fondo. Para cualquiera que se plantee la pregunta, debe decirse que los pobladores no pasan por ese trance, pues se mueven por toda la zona en su caballo. Para peor son dos los brazos de río que debemos atravesar y el segundo es el más ancho. Entre uno y otro hacemos un alto para reactivar la circulación con masajes en los pies. Avanzamos hasta la mitad y pegamos media vuelta para atrás ¡Es demasiado para nuestras piernas! Además el agua nos llega a la cintura y corremos el riesgo de que nos arrastre la correntada. Aprovechamos el envión y cruzamos también el primer brazo. Si dudarlo mucho enfilamos a la casita de Parques. Nos instalamos cómodamente y hacemos un fuego en el fogón interior. Ponemos a secar nuestra ropa y comemos de lo que llevamos con nosotros: Medio salamín, un pedacito de queso y una tableta de "chocolate para taza". Por suerte también tenemos unos calditos deshidratados que calentamos en una lata con agua. Hay pocos momentos de sencilla felicidad en la vida, este fue uno de ellos para mí y estoy seguro que también para el Colimba.

Después nos arrebujamos en las bolsas y dormimos de un tirón hasta la mañana siguiente.

6 de Enero -

Me despierto. Miro los zapatos pero no hay nada. Los Reyes Magos no han pasado por aquí. Estoy preocupado. Santiago Rosas... duerme. Miro la hora. Son las ocho. Estoy con los ojos cerrados y me parece oír voces y un silbido. Salto de la bolsa, me pongo el pantalón y salgo corriendo afuera. No veo a nadie. Corro al río. Nadie. Voy para atrás por el camino mientras pienso si no habré soñado. Tampoco veo gente. Decepcionado vuelvo a la casa y trepo al techo. Allí sí, al borde del río Fitz Roy hay dos jinetes. Lo despierto a Santiago y al rato estamos conversando con los tipos. Por suerte están dispuestos a cruzarnos, así que volvemos a buscar nuestras mochilas y poco después estamos del otro lado enancados en los caballos y sin mojarnos. Al despedirnos descubro que uno de ellos -el gordo- es Don Rufino Torres, poblador y gaucho como pocos, por lo que sabemos de expediciones anteriores. Ahora, a caminar rumbo a lo del gringo Standhard. Allá arriba, el Cerro Poincenot se ha descubierto de nubes. Me parece excepcionalmente imponente (¡Cómo será su compañero mayor, el Fitz, al cual no he visto más que en fotografías!). Su rampa de acceso me hace pensar en Cifuentes y su gente; tiemblo por ellos. En un recodo del camino descubro al Cerro Solo. Me resulta una montaña muy mansa. El Fitz sigue negándose envuelto en sus nubes particulares. Vemos un caserío y un grupo de gente que corre hacia nosotros. Un poco más cerca los reconocemos, son Cacho, Avo y Hugo. Más atrás, Ruiz Luque, Donovan, Comesaña, José Luis y Cecilia. Grandes abrazos. Están varados a la espera de caballos pilcheros. Me explican cosas y hablan todos al mismo tiempo. En resumen, no entiendo nada. También están Isabel y su padre que han venido a recorrer la zona. Lo importante es estar todos juntos y ya muy cerca de Piedra del Fraile. Al rato aparece el Pirata, más abrazos. Se ha dejado crecer la barba y casi no lo reconozco. Pasamos el resto de la tarde haciendo... nada, jugando a clavar un cuchillo. Me siento feliz con todos ellos. Nos conocemos bastante como para aguantarnos los "contra"; y los "pro" son suficientes para llevarnos bien.

Creo que sería bueno presentar a tanta gente. A nuestro grupo de cuatro ya lo conocemos. Estamos allí para tratar de "vencer" al Cerro Marconi, sus cumbres Central y Sur. Por otro lado, Cecilia Girgenti y Hugo Bella se han casado en Buenos Aires y han tenido la insólita idea de hacer su luna de miel allí ¿Fanáticos de la montaña? Luego está el resto. Antonio "Pirata" Misson, Martín Donovan y Jorge Ruiz Luque, grupo de apoyo de la cordada que componen José Luis Fonrouge y Carlos "Pampero" Comesaña, dos de los mejores escaladores argentinos; que intentarán nada menos que el Fitz Roy por la vía de la Super Canaleta. El gigante de la Patagonia tiene una única y primera ascensión, lograda por los franceses Lionel Terray y Guido Magnone en 1952. La ruta que "atacarán", fue intentada sin éxito por una expedición de veteranos del Club Andino Bariloche, unos años atrás.

Esa noche dormimos en la casa de Quiñempera, puestero de la estancia de los Halvorsen. Tenemos todo arreglado para salir al día siguiente: Tres pilcheros que conducirá el peón José, con la mayor parte de la carga de las dos expediciones. Lo acompañaremos a pie Avo, Santiago y yo. Cacho se quedará para llevar el resto de la carga. El grupo Fitz Roy saldrá con Standhard.

7 de enero -

Nadie podía saber -ni siquiera yo-, que un año después, este mismo día me casaría felizmente con Mabel y no participaría de la segunda y exitosa expedición al Co. Marconi.

Nos levantamos un poco tarde y preparamos las cargas. Stanhard sale primero. Luego, a pie por el camino alto, Pirata, Jorge, Hugo y Cecilia. Poco después, el peón y Comesaña con las cargas. Por último, José Luis, Colimba, Avo y yo, a pie. Durante la marcha, el tiempo que había comenzado malo, fue mejorando. En cierto momento nos detenemos pues se ha descubierto ante nosotros y por primera vez, el grupo de agujas más maravillosas que yo creo existe en todo el mundo: de sur a norte, Saint-Exupéry, Poincenot, Fitz Roy, Mermoz y Guillaumet. La primera y las dos últimas deben sus nombres a la expedición francesa del ´52; y fueron impuestos en honor a tres famosos pilotos civiles franceses; pioneros que años atrás habían prestado servicios de correo aéreo en la Patagonia. (Antoine de Saint-Exupéry, era además escritor y trascendió con su conocido libro "El Principito"). Poincenot era un escalador de la misma expedición y se ahogó cruzando el río Fitz Roy. Y el Fitz Roy, el rey de la zona, debía su nombre al capitán de un barco inglés que surcando las aguas del Pacífico, avizoró a lo lejos la sobresaliente mole y le adjudicó-"modestamente"- su propio nombre. Mirando el suelo en la prosecución de la marcha, también voy gozando; el pequeño mundo de color que descubro en las hierbas a medida que camino, no tiene parangón con ningún paisaje. Sacamos algunas fotos. Vamos siguiendo el Río Blanco y luego lo cruzamos por un puente de troncos. Fonrouge hace un corto desvío para mostrarnos el campamento base de los franceses, que también él utilizó en un intento sobre la pared Este, en 1963. Pasamos luego frente al glaciar Piedras Blancas que desciende desde el grupo de montañas mencionadas y algo después se nos reúne Jorge que se ha separado del otro grupo. Más adelante torcemos siguiendo un cañadón y tenemos al frente las torres rojizas y nevadas que componen el Cordón 30ª Aniversario a cuyos pies se encuentra el lugar llamado Piedra del Fraile; punto culminante de toda expedición que se dirija a cualquiera de los cerros de la zona (exceptuando el Cordón Adela y el Cerro Torre y sus satélites que pertenecen a otro valle). Este lugar es utilizado como emplazamiento "campamento base", ya que allí concluye la zona de vegetación y comienza la roca pelada y más adelante el hielo y los glaciares bajos. Por fin, luego de un hermoso bosque, llegamos a destino. Estamos ¡por fin! en Piedra del Fraile, así denominada porque hay pruebas suficientes de que allí acampó el famoso Padre Agostini, al cual se deben las primeras recorridas y descubrimientos de la Cordillera Austral a principios de siglo. De inmediato comenzamos con la instalación. Por lo pronto la idea de reconstruir la cabaña va cobrando forma. Tenemos destinado un cuaderno que será el libro del Refugio Tte. Ibañez y que se nos entregó en Tres Lagos. El trabajo sigue por el resto del día y ya muy tarde nos vamos a dormir rendidos de cansancio.

8 de Enero -

Durante toda la jornada y lloviendo con mucha fuerza trabajamos en la cabaña. Da gusto ir viendo como se transforma en algo habitable. Lo principal consiste en levantar el techo horizontal y hacerlo a dos aguas; para lo cual utilizamos las latas cuadradas de galletitas Bagley que hemos traído con comestibles; ya que esto no regresará a Buenos Aires. Con estos elementos alcanzamos a techar un agua. El otro lado lo cerramos con una gruesa lona. Queda todo muy bien, amplia, cómoda y muy protegida del viento y la lluvia.

9 de Enero -

El tiempo sigue malo y nosotros continuamos con el refugio. Terminamos detalles del techo y hacemos un fogón a modo de cocina a leña con chimenea de salida al exterior. También completamos una pared con troncos.

10 de Enero -

Anoche decidimos salir para hacer un transporte de elementos, si el tiempo mejoraba. De hecho está bastante pasable, sin llover y entonces, nos aprestamos a salir. Algunos se bañan con agua caliente en el mismo refugio, ya que hemos destinado un sector para ello. Yo me quedo con las ganas por ahora. Desde el día que salí de Sta. Cruz que no lo hago y no me aguanto más. A las 13:30 sale nuestro grupo, Avo, Colimba, Cacho, yo. Hugo Bella que ha decidido "suspender" momentáneamente su luna de miel, nos acompaña. También viene Comesaña, un poco para hacer algún tipo de observación y otro poco -y sin mencionarlo- para apoyar nuestra primera incursión, ya que él conoce la zona. Transportamos 1 carpa isotérmica, que pensamos dejar establecida como campamento de avanzada; 2 latas de "altura" (comestibles equilibrados por día y por hombre, que además incluye fósforos y otras cosa útiles para la supervivencia); 1 lata de galletitas de agua, 1 cuerda fija, 1 pala y algunos clavos y mosquetones. Rodeamos el morro que le da el nombre de Piedra del Fraile al lugar y encaramos una planicie de piedras que pertenece al pequeño valle del río Eléctrico. Luego subimos hacia la izquierda hasta dar con el Río Pollone, cuyo cruce nos hace perder algún tiempo. Comesaña se separa en este punto. Luego debemos bordear la Laguna Eléctrica por un acarreo medio fulero. En el otro extremo ascendemos unas rocas y transitamos una cornisa que cae a pique sobre la laguna. Es ancha, pero fea ya que está mojada y resbaladiza por el agua que le cae de arriba. Estamos entrando en la "morrena" del glaciar Eléctrico, no es difícil pero lleva su tiempo el llegar al glaciar propiamente dicho. Controlamos la hora pues nos ha de servir como parámetro en los posteriores acercamientos al objetivo, que seguramente serán varios. Son las 18:15 y como hay disidencias en el camino a seguir para establecer el "campamento avanzado", decidimos dejar las cargas al pie de una pared rocosa. El lugar predeterminado podría ser el que había usado Comesaña en su intento al inescalado Cerro Gorra Blanca, el año anterior. luego de comer unas galletitas comenzamos a volver y llegamos al Camp. Base sin inconvenientes a las 23 hs. con algo de luz diurna todavía.

11 de Enero -

El tiempo mejora ostensiblemente a pesar de lo cual nos levantamos tarde. Por fin cumplo mi necesidad de bañarme y además me pongo ropa limpia. Es curioso cómo se evapora el control racionalizado de una situación en ciertas circunstancias. Es de suponer que, con el tiempo contado y sabiendo que las condiciones climáticas son de tres días malos á uno bueno en el mejor de los casos; "perdemos" tiempo en "nimiedades" como, un baño corporal o un sueño por demás prolongado. Supongo que son parte de las debilidades a las que estamos sujetos los humanos, que pueden provocar para colmo- como es nuestro caso- el fracaso de una expedición, sueño y desvelo de meses de preparación. Vamos preparando todo para una nueva salida y lo hacemos a las tres de la tarde. Esta vez vamos los cuatro, sin nuestro amigo Hugo. Llevamos suficiente material y ropa como para quedarnos varios días "arriba". Esta vez y por conocido, hacemos el trayecto más rápidamente y a las 19 hs. llegamos a nuestro depósito del día anterior. Agregamos las latas de comestibles en nuestras espaldas y demasiado cargados emprendemos el ascenso del acarreo que lleva a la lengua del glaciar. Por fin con mucho trabajo, la alcanzamos y un rato después estamos arriba entre unos morros rocosos en donde se supone habría estado el campamento del Gorra Blanca. Lo buscamos porque según Comesaña es un buen lugar, pero no lo encontramos. Seguramente las condiciones del glaciar han variado de un año al otro, cosa muy común tratándose de hielo. Son las 22 hs. y decidimos armar la isotérmica sobre la nieve para pasar la noche. Hace mucho frío. Nos metemos adentro y nos acomodamos lo mejor que podemos. Encendemos uno de los calentadores y el Turquito Avo se pone a cocinar con esa "paciencia armenia" que lo caracteriza. Con la panza llena y muy felices nos desplomamos a dormir. Estamos como "sardinas en lata" pero es mayor el cansancio que toda incomodidad y el día siguiente nos sorprende al rato.

12 de Enero -

Los días pasan inexorablemente, dice la frase hecha. Salimos con la intención de reconocer las posibles vías de acceso al Marconi al cual todavía no tenemos claro por donde atacar y no es por falta de organización, sino simplemente porque las posibilidades a evaluar este problema son por completo opuestas: Una es la rampa de hielo que tiene en el frente y que recorre su pared diagonalmente de norte a sur, ascendiendo casi hasta su cumbre central. Hermosa y difícil posibilidad, por tratarse de una "primera". La otra es, utilizar el paso al Hielo Continental e intentarlo por su desconocida pared Oeste. Son las 11 hs.- Julio Aguirre y Santiago Rosas salen a estudiar desde más cerca la rampa del frente. Avedis Naccachian y Carlos Rey, poco después, a "pegarle la vuelta" por el Hielo Continental y estudiar la pared Oeste. Al rato de caminar nos juntamos los cuatro. El acceso a la rampa se muestra muy dificultoso. En las fotografías era muy atractivo, con su apariencia de vía directa a la cumbre; pero en la realidad tiene varios inconvenientes. Su glaciar de acceso es sumamente agrietado sobre los faldeos y para evitarlo y alcanzar la rampa habría que hacer una larga y desgastante travesía desde la base del Marconi Norte. Por otro lado la rampa tiene doble inclinación, la de ascenso y hacia el vacío. Nos atemoriza y decidimos de común acuerdo, descartarla y dirigirnos todos al Hielo, lo cual tiene el valor añadido de conocer ese espectacular y único lugar de la Tierra. Desde donde estamos y haciendo un recorrido visual de 380º, tenemos detrás nuestro a los cerros Pollone y Pier Giorgio. Sus paredes de roca vertical, principalmente las del segundo, de no menos de 1.000 metros de altura, escapan a toda descripción. Por detrás y encima de un filo asoma la cumbre coronada con su "hongo de hielo" del fabuloso cerro Torre, que disputa con el Fitz Roy la supremacía de la zona. Por encima de otro filo, asoma cuando no, el Fitz. Siguiendo el circo montañoso, el cerro Domo Blanco y el cerro Rincón, no por más bajo menos hermoso que sus acompañantes. Finalmente este se continúa con el Cordón Marconi, cuyas tres cumbres principales, Sur, Central y Norte, en ese orden, cortan el espectacular reino de la alta montaña; paraíso del montañismo deportivo de gran dificultad. Todos estos cerros -salvo uno o dos estaban por aquellos años sin ascender, y sus cumbres vírgenes aguardaban a sus vencedores, que dentro de la década del ´60 concretarían esas conquistas.

Casi no hay grietas y paso por paso vamos ganando altura hasta que por fin la inclinación del Glaciar Eléctrico se suaviza y al perderse por completo, levantamos la vista y tenemos ante nosotros la maravilla de aquel inmenso campo de hielo perdido en los confines del continente más austral del mundo y los imponentes cordones montañosos sobre el horizonte cercano, que tantas veces hemos devorado en fotos. Nos encontramos como en un portal de acceso al que debemos transponer para ingresar a un mundo real de hielo y nieve, que por lo fantástico de su envergadura, merecería ser irreal. Como una imaginación hecha realidad; por decirlo con un adecuado lugar común. A nuestra izquierda, el Marconi Norte, pura roca. A nuestra derecha el Gorra Blanca, pura nieve. Luego de reponernos ante la visión, comenzamos a rodear la base del Marconi Norte. Esta cumbre -la menor de las tres principales del Cordón- había sido ascendida ya por una expedición C.A.B.A. en los años ´50, al mando de Bruno Guth. No es un trayecto muy largo el que hacemos para tener a la vista la cara Oeste del Marconi. Enseguida "veo" la ruta más factible y me parece más segura aunque más larga que la de la rampa en la cara Este. El recorrido desde el depósito o Camp. I, lo hemos hecho en tres horas. Nos quitamos entonces las mochilas y tirados al sol nos relajamos para descansar y comer algo, antes de decidir nuestros próximos pasos. Luego, entre cabildeos y barajar varias posibilidades, trazamos visualmente la ruta más conveniente a seguir y que presenta una sola incógnita importante en su filo terminal, debido a los hongos de hielo que llevan a la cumbre Central. Decidimos regresar al Camp. I, ya que allí tenemos la carpa, y volver al día siguiente con la madrugada, para hacer un intento a la cumbre y bajar en el mismo día. Ese es el plan. En dos horas estamos en el "I", comemos y nos metemos en las bolsas a las 21 hs.

13 de Enero -

A las tres de la madrugada comenzamos a desayunar dentro de la carpa y lentamente preparamos todo para salir. Por fin a las 5 emprendemos la marcha. Llevamos las bolsas de dormir; no queremos que nos sorprenda la noche regresando y debamos vivaquear al raso, sobre el glaciar. A medida que avanzamos y se va consolidando el día, nos damos cuenta que el buen tiempo tiende a abandonarnos. Un frente de tormenta hacia el Este no presagia nada bueno. Está nublado y las cumbres no se ven. Además hay un ambiente rarísimo que nuestra inexperiencia en la zona no alcanza a definir. No sopla ni una gota de viento y hace mas bien calor. La atmósfera está cargada y el glaciar, a pesar de la hora temprana, está bastante pastoso. Antes de asomar al Hielo Continental y en vista que el clima empeora, decidimos volver, dejando el material de escalada - lo más pesado de la carga- enterrado en la nieve para el posterior intento. Durante la vuelta comienza a llover. Ya en el Camp. I nos hacemos un té con galletitas con la intención de regresar al "Base" a esperar el buen tiempo, pero el cansancio puede más y nos metemos en la carpa. A eso de las dos de la tarde sacudimos la modorra y luego de desarmar la carpa y dejarla junto a las latas "A" y otros materiales en una cueva entre las piedras (es cuestión de prever un fuerte temporal de nieve que pueda enterrar el campamento y dificultar su encuentro); comenzamos a descender. Llegamos a las 20 hs. completamente "molidos". A pesar de eso nos damos el lujo de "pegarnos" un baño de agua caliente, más que nada para reconstituirnos físicamente. Nos vamos a dormir con la esperanza que el tiempo se de vuelta para mejorar, pero sin confesarlo, en el fondo lo que queremos es un respiro para descansar del esfuerzo. Es triste confesarlo pero no estamos anímicamente bien predispuesto a escalar la montaña y nuestros físicos tampoco se muestran en su mejor forma, salvo mejor opinión.

14 de Enero -

Hoy es día de "dolce fare niente". Pero el tiempo es espléndido contra todas las suposiciones y el Turco Avo está que arde por salir para arriba. Yo por mi parte y vergonzosamente dada mi condición de "capo de espedizione", no me siento preparado para hacerlo. Me levanto a las 12 del mediodía y todo me tira para atrás. La razón está del lado del Avedis, así que luego de almorzar trazamos un plan. Cacho está dispuesto a salir hoy con Avo -están a tiempo de llegar por lo menos al Camp. I. El Colimba y yo -los más "destruidos"- lo haremos mañana por la mañana. Avo y Aguirre intentarán mañana la cumbre Central. Nosotros estaríamos llegando a mediodía al "I"; trasladaríamos la carpa al lado Oeste -pues suponemos que se hará la noche cuando bajen- y allí esperaríamos el regreso de la cordada... ¿triunfante? Si todo va bien, al otro día, es decir el 16, veríamos de atacar la cumbre Sur, los que estemos en mejores condiciones. Es importante decir que, según Comesaña, esta es la más alta del sistema Marconi, contra la suposición generalizada que la de mayor altura es la Central. El éxito reside en que el buen tiempo aguante. Paso el resto del día descansando y lavando mi ropa sucia. Ahora estoy mejor predispuesto a continuar y con ganas de "hacer" la cumbre. Por otro lado me siento con unas ganas bárbaras de estar en Bariloche, ¿porqué será?. La razón -para mí- es obvia pero no la voy a revelar en este relato, por pudor. ¡José Luis y "Comecañas" han ascendido la cumbre de la aguja Guillaumet ayer! Y esto a levantado significativamente el ánimo general. Lo han hecho como paso previo al intento al Fitz, lo que da la pauta de lo "afilada" que está esta cordada. Las dificultades no han sido pocas y Fonrouge ha dicho que es más difícil que la Torre Norte del cerro Payne, por hacer una comparación tangible. Hoy al mediodía salieron rumbo a la Super Canaleta. Los he visto muy dispuestos y confiados, además de... algo serios. Sinceramente les deseo la mejor de las suertes, ya que sería un triunfo para todos y una gran alegría para mí. Antonio, Jorge y Martín saldrán mañana para hacer una cueva en el hielo al pie de la ruta y esperar allí a su regreso. Ojalá todo vaya bien.

15 de Enero -

Pirata Misson, en pijamas, me despierta. Son las 6 de la mañana. He dormido muy bien estando solo en la carpa. Me levanto y voy al refugio a desayunarme. Donovan y Ruiz Luque están allí también. Despierto a Santiago y preparo mis cosas, que no son muchas, por suerte. Solo la bolsa de dormir y ropa para protección del agua y el frío. Salimos de Piedra del Fraile hacia el Marconi a las 8:30 hs. Detrás nuestro salen Pirata, Martín y Jorge rumbo al Fitz Roy. La marcha es lenta pero firme. El laberinto del valle del río Eléctrico nos lleva al río Pollone. Aparte de congelarnos los pies como es de rigor, lo cruzamos sin mayores inconvenientes. Luego, el acarreo que bordea la laguna Eléctrica se porta muy bien, ya que está asentado con la lluvia del día anterior. La cornisa de roca en cambio está completamente seca, probablemente por la hora temprana, y la pasamos con total seguridad. Llegamos al glaciar. Siempre se hace monótono ascender por la morrena, pero en una hora alcanzamos la cascada. Allí paramos a comer algo de lo que contiene la lata "A" que transportó gentilmente Hugo dos días atrás, cuando vimos que esto podría ser de utilidad en los tiempos de acercamiento. Después subimos la cascada y luego la lengua de hielo. Llegamos al Camp. I y encontramos la carpa armada por Avo y Cacho. Nos "tiramos" a descansar un rato y tomar algo caliente. A las cuatro de la tarde salimos hacia el Hielo Continental. Agregamos a nuestra carga la carpa, una garrafa y comida. Está algo nublado, lo cual facilita la marcha. La lengua de glaciar que conduce al Hielo tiene las grietas (ahora sí) a la vista y la caminata no se nos hace difícil, pero sí muy lenta ya que vamos muy cargados. En cuatro horas llegamos a la base de la cara Oeste del Marconi Norte y sorpresivamente no topamos con la cordada de Avo y Cacho. Siento una gran emoción. No sé si han hecho cumbre, pero el verlos así encordados y recortadas sus siluetas contra los cordones azulados del Hielo Continental, me hace sentir que lo que estamos viviendo tiene un valor inapreciable en nuestras vidas. Durante unos segundos los cuatro nos quedamos estáticos; luego avanzamos nosotros hacia ellos y nos dicen que no han subido la cumbre, pero en el intento en la pared, llegaron bastante arriba. Decidimos que lo más lógico es acampar allí. Estamos entre los picos Norte y Central; es un buen lugar para armar la carpa, el clima responde bien y estamos al pie de los posteriores intentos. Comemos en la carpa y nos metemos en las bolsas. Estamos tan cansados que ni siquiera hacemos planes para el día siguiente. pero lo seguro es que habrá un nuevo intento.

16 de Enero -

Dormimos de un tirón y cuando nos despertamos son las 10. Mientras desayunamos pienso. No sé bien cómo distribuir la acción. El día es espléndido, propicio para el "ataque". Avo quiere ir a la Cumbre Sur y me decido por acompañarlo. Aguirre lo invita a Santiago "a pasear", pero tengo la certeza que quiere intentar la Central. A las 12 salimos las dos cordadas y a poco andar nos separamos; nosotros tenemos que ir faldeando y ascendiendo hacia el sur en busca de nuestro objetivo. La marcha en principio se me hace cansadora. Los esfuerzos se suceden en poco tiempo y no alcanzo a reponerme. Por largos faldeos de nieve bastante blanda vamos ganando altura. La "ruta" se ve muy clara, aunque un poco complicada a causa de las enormes grietas que surcan la pendiente que atravesamos. Avanzamos los dos al mismo tiempo y solo al cruzar las grietas nos damos seguro uno al otro. Por un largo rato vemos a nuestros compañeros que ya son sólo dos puntitos en la inmensidad blanca. Luego al cruzar un filo rocoso los dejamos de ver. Hasta este lugar en que nos encontramos han llegado ayer el Turco y Cacho, abandonando luego la nieve y atacando por una pared de grandes bloques de roca. Estudiamos la ruta a seguir. Aparentemente dos o quizás tres pendientes de hielo cortadas por grietas, nos separan del hongo que constituye la cumbre sur. Seguimos ascendiendo y debemos cruzar dos grietas con el labio superior un poco alto, lo que nos obliga a un corto paso de escalada. Después entramos en una pendiente de unos 60º con nieve granulada. A pesar de ello la dificultad no es tan grande y nos permitimos seguir avanzando los dos a la vez para no perder tiempo con los seguros. Por fin culminamos el filo y tenemos una decepcionante sorpresa: lo que desde abajo parecía empalmar con el filo terminal, está cortado en un circo que cae a pico no sabemos cuántos metros. En pocas palabras, el paso a la cumbre por allí, es imposible. Aparentemente sólo nos queda un camino, faldear una pendiente de 60º para quedar debajo casi de la cumbre Central. Luego torcer hacia la derecha y empalmar con los hongos de la cumbre Sur. Son unos 100 metros de desnivel y calculamos una hora aproximadamente de ascensión. Pero se nos presenta un segundo obstáculo que creemos insalvable y nos impide seguir: Desde arriba caen los pedazos de hielo que se desprenden casi sin interrupción del filo y la cumbre central, y a pesar de que llevamos cascos no me atrevo a seguir. Debo decir que el deseo de Avo era continuar a pesar del riesgo. Quizás la diferencia de edad -yo tenía 27 y él 19 años- lo hizo aceptar mi opinión y en aquel momento de todos modos, estuvo de acuerdo en el riesgo que implicaba; pero estoy seguro que si hubiera estado solo, hubiese seguido. Son las cinco de la tarde, ¡es la hora de mayor temperatura en la jornada! y por consiguiente el momento en que los desprendimientos de hielo son mayores. Lamentamos el grueso error de no haber traído las bolsas, lo cual nos habría permitido vivaquear y atacar en horas tempranas, cuando todo está congelado. Volvemos. Pero antes sacamos todas las fotos que podemos. Estando en montaña nunca se sabe que pasará al día siguiente. Es triste el retorno sin la cumbre en las manos, pero por el momento sólo me preocupa la fuerte pendiente de bajada. Por suerte no se nos dificulta y el descenso es rápido. A mitad de camino escuchamos gritos desde arriba; seguramente son Cacho y Santiago, pero no los vemos. Llegamos a la carpa y nos preparamos caldo caliente. Al rato aparecen nuestros compañeros y hacemos balance de las impresiones del día. Ellos han subido también mucho en busca de la mejor vía de acceso y han estado cerca de la cumbre central a eso de las seis de la tarde. La misma causa que nos impidió a nosotros, los ha hecho retroceder: la caída de hielo desde los hongos que bordean todo el filo. Han llegado al mismo y visto todo el valle del lado Este. Habrá sido una maravilloso. La famosa rampa del frente este les pareció casi imposible, aunque sigue siendo la vía más directa y espectacular. Yo por mi parte deduzco que para un nuevo intento, lo mejor será salir temprano; y llevando las bolsas, hacer vivac para atacar la -o las- cumbres tempranito, con la helada y sin el peligro de la caída de hielo y piedras. En fin, la falta de experiencia es también un factor importante y el escaso contacto con la montaña, para nosotros gente de la ciudad que sólo va a ella una vez por año, adquiere proporciones muy grandes tanto mentalmente como físicamente. Y no por no estar entrenados precisamente. Nos dormimos en paz y bastante contentos dentro de todo.

17 de Enero -

Amanece nublado y lo suficientemente inestable como para dudar que se recomponga a bueno. Hacemos tiempo hasta el mediodía en espera de esta mejora. Tenemos un cierto margen si se trata de subir, ya que la primera etapa del plan es sólo llegar lo más cerca posible de las cumbres para vivaquear. No vemos las cumbres ni los filos; están escondidos por las nubes. Mientras nos preparamos vamos previendo el final de la jornada. Se levanta un fuerte viento y el frío se va haciendo intenso. Salimos de la carpa. A causa de que la temperatura desciende en recién en esos momentos, la nieve permanece blanda desde ayer y nos hundimos hasta las rodillas. Los pies están un poco insensibles. Terminamos de levantar la carpa y demás elementos a las corridas y poco menos que escapados, salimos hacia el Paso Marconi. Ya en el glaciar, bajando hacia el Este, el viento nos golpea fuertemente con la nieve en la cara Quemada como está, por el sol, nos hace "ver las estrellas". Llegamos al campamento I y recogemos lo que allí habíamos dejado. Vamos bastante cargados y aumenta el peso por estar todo mojado. La cascada y el pedrero están terribles y ya abajo paramos a comer algo de la lata "A" que allí tenemos. El glaciar del río Eléctrico se presenta peor que nunca y nos cuesta no poco bajarlo. Está muy agrietado y "resbaloso" y el viento acrecienta la inestabilidad pues algunas ráfagas fuertes, prácticamente nos arrastran. Cuando llegamos al Camp. Base estamos hechos sopa y casi al mismo tiempo llegan Pirata, Martín y Jorge, que vienen de la Super Canaleta, sin noticias de la cordada Fonrouge - Comesaña. Tomamos el refugio como cuarto de cambio de ropa y "secadero", ya que los siete estamos pasados de agua hasta los calzoncillos. La ropa se amontona y despide vapor. Es delicioso estar de nuevo "en casa" con ropa seca y cerca de un buen fuego. Nos contamos las peripecias pasadas por uno y otro grupo. Pirata -como buen cocinero que es, entre otras cosas- prepara una sopa que promete. Hugo y Cecilia, que también están allí, nos atienden solícitos ¡De pronto lo imprevisto! Se abre la puerta bruscamente y el dúo Fonrouge-Comesaña irrumpe con un grito triunfal de este último "¡VENCIDO!" Abrazados, chorreando agua y con los cascos puestos, casi llorando, nos dan la gran noticia. Es el sueño realizado, acariciado durante años por los escaladores argentinos y es el C.A.B.A. el que lo consigue. Es increíble, pero la técnica y el brío, unidos en estos dos muchachos, han hecho realidad lo que parecía imposible. José Luis está que se cae "muerto" por el esfuerzo y hay que atenderlo rápidamente. Todas las manos se tienden para ayudarlo y mientras algunos le sacan la ropa helada, otros lo secan y otros lo masajean para ayudarlo a entrar en calor. Lo metemos en una bolsa de dormir cerca del fogón y le hacemos tomar un caldo caliente. Pampero Comesaña, no menos rendido pero más entero y menos empapado, ha resistido mejor y come. Come hasta hartarse. Primero una lata de duraznos en almíbar que se venía prometiendo a sí mismo -según nos cuenta- desde que estaba "colgado" en la pared. Después cualquier otro comestible que cae en sus manos. Es lo que necesita en esos momentos. No hay muchos comentarios, porque por ahora no están como para hablar. El resto también ha comido y ¡Basta por hoy, ya es suficiente! Estamos todos molidos y nos vamos a dormir a nuestras carpas.

18 de Enero -

Pasamos el día haciendo nada. Sólo quehaceres de "campo basco". Los detalles de la ascensión al Fitz son asombrosos: han salido de Piedra del Fraile como si la pared estuviera ahí nomás un medio día. Hicieron vivac al pie de la Supercanaleta y en los dos días subsiguientes han llegado a la cumbre. (Los detalles de esta formidable escalada se pueden encontrar en los Boletines del C.A.B.A. y en los Anuarios del C.A.B. de aquella época). Al otro día y en medio de la tormenta, descendieron hasta el refugio en Piedra del Fraile. Ahora el mosquetón dejado en la cumbre por Terray y Magnone está en nuestro poder; tal es la costumbre de retirar un símbolo de conquista deportiva.

19 de Enero -

Los tiempos se nos acabaron y debemos regresar, desgraciadamente, a nuestros quehaceres de ciudad. Preparamos las cargas para que las venga a buscar Standhard. Pasaremos por el albergue "El Yeti" en Bariloche de regreso a Buenos Aires. La vuelta es otra historia. El Turco Avo decide quedarse y creen probable intentar nuestro Marconi con José Luis y Comesaña.

Me alejo de esta zona con la tristeza de no haber logrado el objetivo, pero con la alegría de haber conocido este rincón indescriptible del planeta y haber vivido intensamente cada minuto. Otro año quizás...


Resumen de la Expedición: Hemos llegado a Piedra del Fraile -campamento base-, el día 8 de enero y nos retiramos el día 18. Permanecimos 10 días durante los cuales hicimos: Un transporte importante de material de escalada y comida hasta el pie de la cascada del glaciar Eléctrico, que lleva al Camp. I - Una vez establecido este en la base de la cara Este del Marconi Norte, cruzamos el Paso Marconi y ya en el Hielo Continental, exploramos la pared Oeste de la montaña. Se hace un intento con mal tiempo y regresa al Camp. Base. Vuelve una cordada y hace un nuevo intento en la pared que conduce a la cumbre Central. La otra cordada, mientras tanto traslada la carpa y demás implementos, y establece el Camp. II al pie de la pared Oeste, sobre el Hielo Continental. Por último, las dos cordadas realizan nuevos intentos, esta vez a la cumbre Sur además de la Central; llegando ambas aproximadamente a 100 metros de las cimas. <>



En este relato rescaté el manuscrito del diario del año 1965 referido a la Expedición que realizamos cuatro montañistas -además de amigos-, miembros del Centro Andino Buenos Aires, C.A.B.A., a la Cordillera Austral en la Provincia de Santa Cruz. En ella «descubrimos» para nosotros, el fabuloso Hielo Continental, transponiendo el Paso Marconi e intentando las cumbres inescaladas en aquella época, del Cerro Marconi Central y Sur.

Allí también fuimos testigos visuales de una de las más maravillosas vistas de montañas del planeta. Cerros como el Gorra Blanca, Pier Giorgio, Rincón, Pollone y otros, acompañaron nuestra aventura. Además -en esos mismos días- compartimos el campamento base y el éxito de la expedición que realizó la 1ª conquista de la cumbre del Fitz Roy, por argentinos.


Cerro Lanín – 3775 mts. - Cara Sur


Provincia del Neuquén – Patagonia - Argentina


Intento en 1975


Estamos vencidos. Ya lo acepté pero no me resigno ¿Y si Pablo quiere seguir?, ¿cómo se lo digo? ¿Cómo le digo que estoy fundido?

Son las nueve y media de la noche del quince de diciembre de 1975. Hace tres días cumplí treinta y nueve y cómo los siento. Pablo los cumple igualmente dentro de unos días. Somos amigos. Por lo que sea nos llevamos muy bien ¿Tanto se habrá entrenado como para no sentir el cansancio?

Ascendemos lentamente por las primeras pendientes de nieve de la faz sur del cerro Lanín de 3.775 mts., la altura más importante de los Andes Patagónicos. Es un casi perfecto cono helado que en los días despejados sobresale en el horizonte desde muchos kilómetros de distancia. Pablo avanza delante de mío marcando escalones en la nieve dura por los cuales yo lo sigo penosamente (si por lo menos no llevara la mochila...) Cada tanto se da vuelta y dice alguna broma. Lo envidio; hace rato largo que ni siquiera contesto para no gastar energías. No sé que estará pensando o quizás se da cuenta de mi estado y trata de darme ánimos de esa manera indirecta. Abajo a la izquierda ya en penumbras, los acarreos y el bosque que tanto nos costara superar. Arriba a la derecha (¡Qué cerca!) la barrera del glaciar todavía iluminada con las últimas luces, tiene un aspecto fantástico de color gris verdoso.

Al frente, por encima de nosotros, una dentadura de rocas marrones emerge de la blanca nieve llamándonos a llegar para vivaquear a su reparo. Un esfuerzo más y finalmente llegamos con la noche. Son las diez. La luna sin embargo ilumina en cuarto creciente. Hace buen tiempo. Una brisa leve sopla del oeste y aunque unas horas antes me preocupaba porque traía nubes constantemente, ahora veo que por suerte no se concretará el mal tiempo. Sí me preocupa el casquete cumbrero, pues si "engancha" alguna nube, seguro que el mal tiempo no tarda.

Con las piquetas preparamos una plataforma en la que ponemos una manta plástica y encima las colchonetas y las bolsas de dormir. Nos metemos adentro y acostados boca abajo con las cabezas hacia las rocas -que son lo suficientemente altas como para suponer que no protegerán del viento- por fin podemos descansar. En el hueco que deja la nieve al juntarse con la roca, preparamos para "cocinar". Estoy acostado boca abajo y estirando las manos preparo jarro tras jarro de diversos líquidos calientes. Fundo nieve en el calentador y hago té con azúcar y CalcevitA, otro jarro. Chocolate y leche en polvo, otro jarro. Pablo no habla y cuando lo hace a través de la bolsa dice cosas incoherentes. Me resulta rara esa actitud, ¿estará tan cansado como yo?, ¿se sentirá mal?. Luego en el campamento del lago, entre risas, contaría que pedía una lata de ananás en almíbar.

Los últimos tramos hasta el vivac los hicimos gracias al gramponeo de él. ¿Y mañana? ¿Qué pasará mañana? Con el clima. Con nosotros. Preparo más jarros de líquido tibio; es tanta la sed que a veces apenas se empieza a derretir le agrego sal y CalcevitA y... adentro, mitad y mitad con Pablo.

Las horas pasan, miro el reloj. La una. El cansancio es tanto que no logro relajarme y dormir. La luna ilumina todo. Miro hacia el sur apenas inclinando la cabeza y veo muchas nubes cubriendo los cerros por debajo de nosotros. A lo lejos los cerros Tronador y Catedral descubren sus moles despejadas de nubes. Paulatinamente el viento va aumentando y el último jarro me cuesta calentarlo pues el calentador se apaga. Pablo duerme hace rato y desisto por fin de seguir con el trabajo. Me arrebujo en la bolsa y pienso en retroceso. Las primeras nieves esta tarde, el acarreo siempre desgastante por la mañana, el campamento en el bosque anoche, el bosque en la tarde anterior. Suena casi poético ¡Cómo maldecíamos entre las cañas! Allí dejamos gran parte de nuestras fuerzas. Unos días antes habíamos llegado en mi auto desde Buenos Aires y habíamos acampado a orillas del lago Huechulafquen, en ese lugar tan especial con araucarias de la cordillera, en Neuquén. El objetivo de ascender la pared sur por la difícil "colada" del glaciar ya lo teníamos estudiado en nuestras reuniones de café porteñas. Hacía muchos años que se había hecho la primera ascensión por esa ruta y exactamente veinte que se había realizado la última, en febrero de 1955 (Ver Anuario del Club Andino Bariloche Nº 24). Desde entonces, inexplicablemente, nadie había vuelto a ascender la cumbre por allí. De modo que consideramos muy interesante conseguirlo.

Salimos una tarde un poco a la "dale que va". En el puesto de gendarmería no encontramos demasiada receptividad a nuestra presentación. Tampoco pudimos ver a ningún poblador, baquiano del lugar, como para preguntar por la picada de aproximación. Quizás ese fue nuestro más grande error de subestimación; no guiamos por un mapa turístico que nada tiene que ver con la cuestión de escalar una montaña. En él figuraba un sendero por la margen derecha del arroyo Rucu-Leufú y que conducía al lago Tromen faldeando el Lanín por el este y supusimos ligeramente que nos llevaría a nuestro objetivo. Para colmo en el momento de salir se presentó el guardaparque con cara de pocos amigos a decirnos que debíamos portar un permiso especial de ascensión, dado que estaba en vigencia una nueva disposición que declaraba el lugar como intangible. Pudimos solucionar el problema mostrando nuestras credenciales del Centro Andino Buenos Aires y explicándole que éramos andinistas veteranos. El propio guardaparque, como nunca subió, avaló nuestra equivocación y se ofreció a dejarnos con su vehículo al comienzo del sendero. Allí comenzó nuestro "vía crucis". Parece exagerado, pero para el que alguna vez se perdió entre cañas coligüe no lo es. "Jaulas" de cañas entre las cuales uno se ve condenado a cadena perpetua, se alternan con lenga achaparrada de imposible paso si no se cuenta con un machete y que obliga casi siempre a reptar por encima de ellas a dos metros del suelo.

Habíamos leído el anuario C.A.B. para recrear la escalada, pero no supimos deducir nada sobre la aproximación. Ahora en mi vigilia pienso que es prioridad uno conocer este tipo de datos antes de encarar cualquier ascensión. Se trata de ahorrar el máximo de energías para encarar la escalada propiamente dicha, "con tutti".

Fue así como llegó la noche en esa primera jornada olvidable y gratuitamente agotadora. Comimos y dormimos en un hermoso lugar junto al arroyo fuertemente rumoroso como todo buen río de montaña. A la mañana siguiente emprendimos la marcha temprano y enseguida tuvimos que vadear pues el cauce se bifurcaba. Desde las últimas horas del día anterior dejamos de ver la cara sur, porque la tapó el cerro Negro que es un contrafuerte del Lanín. A medida que íbamos remontando el arroyo hacia el oeste, la vamos descubriendo nuevamente y allí comenzamos a dudar del camino seguido. Igual vamos a llegar, pero en un recorrido mucho más largo. Intuimos que subiendo por la margen izquierda del Rucu-Leufú y entrando entre los cerros Negro y Litrán, se llegaría rápidamente al final de la vegetación y por consiguiente a las primeras nieves. Luego a mayor altura lo corroboraríamos.

Pasamos cerca de unas cascadas que forma el arroyo, que cae directamente del glaciar. Son bastante altas y muy hermosas. Seguimos ganando altura. Ya abandonamos el bosque pero tropezamos con acarreos bastante flojos. Llevamos con nosotros un "termo picniquero" lleno de té preparado con azúcar que resulta ser algo muy bueno. Para mí es todo un descubrimiento usar este adminículo en una escalada. También llevamos una cantimplora que vamos llenando con agua fresca a la que le agregamos CalcevitA y sal ¡Bárbaro! Es como tomar agua en casa. Por fin alcanzamos el filo del acarreo y... fin del segundo esfuerzo -ya se sabe lo que son estos suelos flojos- Ya allí me siento muy agotado, se ve que no estoy ni por aproximación, en mi mejor forma. Me desmorono junto a una pequeña roca y me doy sombra con la tapa de la mochila. Pablo, muy estoico, baja medio acarreo hasta un manchón de vegetación en el cual creemos ver titilar el agua. Tenemos los dos recipientes vacíos y todavía debemos andar mucho. El sol cae a plomo. Es poco más del mediodía. Todo es silencio y calor. Luego de comer un puñado del maní japonés que compone nuestra dieta de escalada me quedo dormido. Al rato aparece Pablo y ¡por suerte! con el preciado líquido. Nos quedamos allí un rato sentados, dormitando al sol. Calentito... Me duermo al sol.

Me duermo a la luz de la luna. El vivac. La una y media. Mientras me relajo pienso en todo aquello. Estoy caliente dentro de la bolsa como hoy a la tarde al sol del acarreo ¿Qué pasará mañana? Miro el reloj. Las dos. Me acabo de despertar por un violento aletear de mi bolsa. Es el viento. Un verdadero vendaval. Miro el cielo. Totalmente estrellado, ni una nube. La luna ya ha desaparecido, por suerte no es tormenta pero el viento es huracanado. Aseguro el equipo en los agujeros entre la roca y la nieve sin salir de la bolsa. Pablo hace lo mismo. No hablamos. Sólo queremos volver a dormir. Pero el viento es implacable. Me meto completamente dentro de la bolsa y la cierro por encima de mi cabeza, pero por el pequeño agujero que queda se cuela el viento. El batir de la tela hace que se corra el plumón de relleno y el nailon queda expuesto al frío exterior trasmitiéndolo a mi cuerpo. Se terminó el bienestar. En todo el resto de la noche no pegamos un ojo. Por el agujero de la bolsa voy viendo como amanece. Es curioso pero común en la montaña, que habiendo un cielo despejado sople el viento propio de un temporal. Luego el sol. No tengo voluntad para salir de la bolsa. Estoy demasiado cansado. Pablo tampoco se mueve. Pienso que le debe pasar lo mismo que a mí. O tal vez sabe que yo no voy a dar un paso más hacia arriba y por no hacerme quedar mal, finge estar fundido. Las horas pasan. Ya cercano el mediodía entiendo que todo terminó al menos por esta vez. Sólo podemos pensar en regresar. Ninguna cordada con ánimo de hacer cumbre se pone en movimiento al mediodía.

Ya fuera de la bolsa comentamos la mala noche pasada y después decidimos ir a ver la famosa "colada" de cerca. Es lo menos que podemos hacer habiendo llegado hasta allí. Mientras nos ponemos los grampones comemos las raciones de escalada sin calentar nada. El viento sigue aunque menos violento y sería imposible encender el calentador. Salimos. La una del mediodía. El día espléndido de sol y frío. Para llegar al pie de la colada del glaciar subimos una pendiente de nieve semidura. Podemos ver el desarrollo de la pared de hielo. Tal cual la veíamos desde abajo no tiene un acceso fácil. Por lo menos este año. Es puro hielo. Sin nieve. Conocido técnicamente como hielo de corredor. Más lejos hacia la derecha hay una falla que parece no tener dificultades para treparla, pero es muy riesgosa por las paredes extraplomadas que la circundan. Confirmamos entonces que la cosa es allí, donde estamos.

Una cordada mejor entrenada y con técnica de doce puntas podría superarla. El hielo es vidrio. Durísimo. Probamos con la piqueta y pensamos que tallar escalones significaría perder mucho tiempo. Lo mejor es doce puntas y relevos; dos personas como máximo por cordada, sobre todo teniendo en cuenta que los relevos hay que hacerlos sobre los grampones o sobre estribos. Por lo menos en las condiciones de este año. La colada tiene una inclinación general de 45º, pero está formada por sucesivas terrazas alternadas con paredes verticales diez o quince metros. El paredón de hielo recorre toda la pared sur en forma de dos amplias curvas, desde el filo sur-este al filo sur-oeste. Menos de veinte metros no debe tener, alcanzando los treinta o cuarenta supuestamente. Vemos caídas de hielo en toda su extensión pues es prácticamente todo extraplomado y es la hora de las caídas. En cuanto a la colada es el vértice de las dos curvas que describe el paredón de hielo y prácticamente el centro de la cara sur. Es lo único que no tiene avalanchas. Desde ese lugar -el pie de la colada- quedarían por superar mil metros de desnivel. A este cerro se lo comienza a subir prácticamente a la altura del nivel del mar y el punto que alcanzamos no debe sobrepasar los 2700 metros. Con Pablo reconocemos que nuestro estado físico no ofrece posibilidades de ascensión.

Hacia abajo la pendiente de nieve se prolonga hasta el bosque y vemos el Huechulafquen y su brazo Epulafquen, la angostura y el Paimún. A lo lejos reverberan el Tronador y el Catedral. La vista es impagable. Vemos perfectamente la verdadera vía de aproximación que es mucho más corta en recorrido y tiempo. Saliendo desde abajo y tomando la margen orográfica derecha del arroyo Rucu-Leufú, al que nunca hace falta vadear y siguiendo una picada bastante cortada por el poco uso pero evidente. Esto permite acceder a un punto entre el Hombro y el Contrafuerte, que son fácilmente reconocibles. Allí se comienza a subir hacia el oeste y de esa forma se llega rápidamente, sin cañas y con poco bosque achaparrado, hasta las primeras nieves. Después es cuestión de pegarle para arriba en línea casi recta hacia la colada del glaciar, motivo principal de esta escalada.

Como conclusión puedo decir que la Cara Sur del Cerro Lanín es una hermosa ruta de hielo, ideal para una salida corta -si uno vive en la región-, que exige buenos conocimientos de escalada y merece ser encarada como un objetivo en sí misma. De todos modos esa zona constituye de por sí un motivo de visita por su belleza natural, tanto para los que gustan de la escalada, como para los caminadores de montaña. <>


NOTA: El verano siguiente Pablo con otro amigo escaló la ruta en cuestión, de lo cual me alegré mucho. Yo concreté ese año mi sueño: el traslado definitivo a Bariloche con mi familia.

Actualmente la Cara Sur del Lanín ha sido ascendida en varias oportunidades, especialmente por escaladores del Club Andino de Junín de los Andes.<>


AUTOR: Carlos Rey - escribiente@speedy.com.ar




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2 Comments:

At 3:00 AM , Blogger Carlos Evaristo Comesana said...

En realidad no fue un intento porque habiamos escalado el Gorra Blanca ese año anterior. (enero de 1964).
Carlos Comesaña (16.10.2010)

 
At 5:45 PM , Blogger Verbano said...

que es de la vida de Mariolino ??? fuimos al cole juntos, alla lejos !! mi mail depotfiles arroba gmail.com gracias

longoni

 

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