
Con Avo Naccachian después de la 1ª al Cerro Fortaleza en la cordillera de Cholila, Chubut, Patagonia, en enero de 1964.
Libro editado por Carlos Rey en versión gráfica, se consigue en Bariloche, Argentina. escribiente@speedy.com.ar
En estos relatos de andanzas por las montañas de la Patagonia, traté de volcar el sentimiento que anidó en la época de nuestro activo contacto con ellas.
Ahora, a través del tiempo, siento que además de haber ocupado buena parte de nuestra vida le debemos a ellas quizás los más apasionantes momentos y el reconocimiento de genuinos valores para el ser.
Escaladas en las Agujas del Co. Catedral - Verano de 1963Refugio en la Piedrita del Club Andino Esloveno - Cerro Catedral Sur - Patagonia
Transponiendo el insignificante síndrome de la hoja en blanco me doy un profundo abrazo con el Turco Avo y comienzo a escribir una parte de mi vida que, no puedo decir haya sido la más importante, pero sí una de las más intensas y sentidas en la escarapela del corazón:
Las escaladas en las tibias, rosadas rocas de granito de las agujas del cerro Catedral Sur en Bariloche. Hoy con setenta años a cuestas, trato de revivir el sentimiento de los veinticinco, donde todo estaba por venir. Y ese verano de 1963 me encuentra en latitudes patagónicas, alejado de mi traje y mi corbata de laburante en oficinas del centro de la porteña Buenos Aires. Nada más dispar, y eso me hacía sentir el más feliz de los mortales. Para mejor, me acompaño de uno de los tipos más sanos que pueda haber conocido en toda mi vida: El Turco Avo. Avedis Naccachian, de diez y ocho años y armenio por ascendencia; ocho menos que yo, lo cual le hacía sentir a él que yo era una especie de papá.
Dueño de una fortaleza física envidiable era (es) un tipo nacido para el deporte. Más tarde fue salvavidas en natatorios y en el mar, buceador en el mar y ciclista empedernido, ya de veterano. En las montañas, compuso dos o tres expediciones al Himalaya, por no nombrar otras participaciones de envergadura.
Yo me defendía bastante ante semejante personaje y sobre todo, en ese momento sobre el que trato de escribir, en el que éramos simplemente dos muchachos con muchas ganas de trepar, todo lo que se nos presentara por delante, que implicara verticalidad por encima de los dos metros de altura.
En el despacho de equipajes pesamos nuestras mochilas. Treinta y siete kilos cada una. Mera casualidad ya que contenían además de las ropas de cada uno, la comida que habíamos elegido para los primeros días y, por supuesto, la «ferretería» de escalada. Todo repartido a ojo. La cosa fue subirlas por la Picada Eslovena en el Catedral Sur, a costa de nuestras espaldas y sufriendo el embate de los famosos tábanos, bicho picador si los hay.
Decidimos acampar un poco antes de llegar al Refugio Frey, antes de cruzar el arroyo que cae de la laguna Toncêck (Que me perdonen los eslovenos, porque la ^ en realidad es invertida en su idioma y va encima de la «c», pero yo no la conseguí encontrar en mi computadora). Allí, decía, con el refugio a la vista, armamos mi carpa: «la Dora», en homenaje a mi vieja, quien era la que la había construído bajo mi dirección, en las calurosas tardes de Villa Ballester. A mi madre la asustaba con cosas como: «Arrampicare e il mio mestieri» o aquel cantito que no me acuerdo cómo empezaba y seguía con: «...noi de la rocchia siamo il camoschi. Corda, casa da morto, chiodo e mosquetón. Cuesta e´ la bella vita, la vita bella, dei rocchiatore», que sacaba de las revistas italianas que contaban las proezas de Walter Bonatti o Cesare Maestri, y como mamá era hija de tanos, me quería matar cuando me escuchaba decir esas cosas. Aunque no puedo negar que por aquella época creía sinceramente que podía morir en un accidente, de los que nunca faltaban en la alta montaña.En la Picada Eslovena, con Pedro Khun, Hugo Bella y Cecilia Girgenti.
Realmente nos jugábamos el pellejo en más de una ocasión y no nos importaba mucho que así fuera. Amábamos lo que hacíamos y era difícil de explicar a los que no practicaban el deporte.
Me acuerdo que Avo se cocinó un arroz con salsa riquísimo, y por si algo me faltaba agregar del Turco, también había sido Boy Scout en la Asociación Armenia y sabía cocinar. Yo era el que lavaba los platos.
La primera que cayó en nuestra «desesperación» por escalar fue la Torre Frey, situada muy cerquita del refugio. Avo nunca había estado en el Catedral y yo había pasado como mochilero con mi amigo Alvaro, uno o dos años antes; ocasión en la que conocí a Otto Meiling, el famoso pionero y escalador; y a Teodoro Sifuentes, cabo del ejército y por entonces refugiero en el Frey.
Era temprano después del almuerzo y subestimando los tiempos -ya que sabíamos que oscurecía muy tarde- nos calzamos la ferretería y rumbeamos para el refugio a ver a Sifuentes; que además era el que sabía de escaladas en aquel privilegiado lugar. No estaba. El ayudante nos dijo que había bajado a buscar víveres y que no volvería hasta el atardecer. Pero no hubo resignación, muy por el contrario, enfilamos para la torre Frey que se alza -como dije- muy cerquita del refugio. Al ayudante nada le dijimos de nuestras intenciones escaladoras porque ni lo consideramos. Recorrimos el pie de la Frey tratando de ver indicios del comienzo de la ruta normal, sin tener ninguna idea de cuáles podían ser tales indicios y discutiendo posibilidades. No suponíamos que «la normal», se encontraba detrás del frente, es decir en la cara opuesta a la que da al refugio y nosotros estábamos considerando. Así las cosas, de pronto vimos un clavo empotrado y un poco más ariba otro y otro más y hasta donde podíamos ver se sucedían con bastante continuidad, por lo tanto dijimos «aquí es»; ninguna ruta que no sea una normal tiene tantos clavos, cosa de facilitar las ascenciones a los novatos. Y el Turco, que era arremetedor y no se achicaba ante nada, puso el primer mosquetón en el clavo que tenía por encima de su cabeza y pasando la cuerda se largó para arriba sin pensarlo dos veces. Dar seguro al principio de la escalada, en el primer «largo de cuerda», es al cuete, ya que si el que escala se viene abajo, no para hasta el suelo. Pero igualmente me puse en la posición correcta y, la espalda contra la roca, los pies bien firmes, me pasé la cuerda por detrás y le fui aflojando a medida que Avo progresaba hacia arriba. Ya en el segundo clavo pasó otro mosquetón con la cuerda y allí sí pasé a darle seguro «en serio». Si caía quedaría colgado del clavo más cercano.
Quizás debiera pedir disculpas a los que dominan el arte de la escalada, por tan detallado relato, pero consciente de ello, lo hago por aquellos que no saben un pito sobre el tema y pensando que les arrimo un primer paso teórico al asunto, ya que no es «soplar y hacer botellas».
Nuestra cuerda merece un párrafo aparte. Se trataba de una fulgurante Edelweiss de perlón, bicolor -es decir, 40 mts. blanca y 40 mts. roja- de ochenta metros; que estábamos estrenando y habíamos comprado a medias encargándola a la novia de nuestro común amigo Edgardo Porcellana. Ella era azafata y viajaba a Europa y Estados unidos. Era nuestro orgullo en cuestión de equipo, ya que por aquella época, acá en Argentina no se conseguía nada para deportes tan «rebuscados» como los de montaña. La mayoría de los elementos había que importarlos a valores altísimos.
El por qué esa compra, no recuerdo mucho, pero seguramente fue pensando en las escaladas «en artificial», en donde sí convenía una cuerda bicolor; ya se verá más adelante.
Pretender hacer un largo de trepada con semejante cuerda, ni pensarlo. Lo habitual era escalar largos de cuerda de no más de treinta metros y para ello debían usarse cuerdas de cuarenta metros. Pero... era lo que teníamos y gracias al cielo por ello. El asunto no dejaba de tener su lado negativo. Y muy negativo si se quiere, porque debíamos acarrear en rollos, cruzados en bandolera, casi veinte metros cada uno. No quedaba otra, pero retardaba mucho nuestra progresión, sobre todo cuando nos juntábamos en la pared para hacer el «relevo», es decir, cuando el que venía de 2º de cuerda debía pasar a encabezar la ascención.Así las cosas, los primeros tramos fueron llevaderos, aunque muy demorados ya que nos faltaba experiencia, sobre todo experiencia lugareña. Imagínense saltar de la ciudad porteña a estar colgado de una cuerda en una pared vertical de alta montaña. Mientras, las horas pasaban y ya comenzaba a extrañarnos que una «normal» fuera tan complicada. Como a la mitad de camino apareció un «techito», chico pero que contribuyó al retardo, ya que sólo disponíamos de un par de estribos y para colmo cortísimos. El escalador quedaba apretado contra el techo y además debía pasarlos al «segundo de cuerda», para que este a su vez los usara. Aprovechamos e hicimos un relevo. La sed era fuerte y sobre todo Avo se quejó de ello. El sol nos había dado en la cabeza toda la tarde y cuando finalmente llegamos a la cumbre, hacía ocho horas que estábamos en la pared. Treinta y siete clavos habíamos utilizado que ya estaban colocados y nosotros agregamos dos más.
La ficha técnica elaborada por Sifuentes, dice así:
Ruta Sifuentes-Weber.
Dificultad media:IV+ con parte de V+.
(significa IV grado superior y V grado superior. Las escaladas estaban graduadas de Iº a VIº, con sus agregados de «superior» o «inferior», según el caso).
Equipo necesario: cuerdas, clavos, nueces y mosquetones.
Duración de la escalada: de tres a cuatro horas.
Longitud de la ruta: 120 mts.Aguja Frey - Cerro Catedral Sur
Esta es la altura de la torre desde su base hasta la cumbre.
Después de descansar un buen rato en la cumbre, armamos un «rapell» (maniobra que se utiliza para descender mediante la cuerda y no perder tiempo destrepando; lo cual, además, es peligroso. Con un solo rapell si mal no recuerdo, se desciende por el lado contrario hasta un «col» o descanso entre la torre y la montaña, y el resto caminando por el acarreo, para llegar al refugio. Allí fuímos para ver a Sifuentes suponiendo que ya habría llegado. Efectivamente, estaba de vuelta. Nos presentamos y le contamos lo que acabábamos de hacer. Nos dijo con toda tranquilidad que nos había visto cuando llegó con el caballo cargado y se había sorprendido al ver a dos tipos colgados en esa ruta. Y los sorprendidos fuímos nosotros cuando nos dijo que esa no era la «normal» y que se trataba de una ruta nueva que habían abierto él y Anselmo Weber, otro socio del C.A.B. (Club Andino Bariloche); hacía tan sólo dos días. Con lo cual resultó que en nosotros, se juntaron vergüenza y orgullo por haber hecho la segunda ascención. Más tarde imaginamos con Avo lo que Sifuentes habrá pensado de nosotros. Porteños agrandados.
Durante la semana que permanecimos con el Turco en el lugar, también escalamos la «normal». Se trataba del trayecto que se encontraba en la parte posterior de la aguja. Es decir, la que habíamos utilizado para «rapelar»; lo cual era correcto hacer, ya que desde allí se baja rápidamente a la base.
Un poco más conocedores del ambiente con el cual nos topábamos, nos armamos de la ferretería concerniente a escaladas puramente artificiales y salimos bordeando la base de la torre. Subiendo por rocas fáciles y acarreos, llegamos al col y procedimos a encordarnos. En esa época recien se comenzaban a insinuar los «arneses», que consistían en correajes lo más reducidos y livianos posible, que se ajustaban al tórax y servían básicamente para retener un mosquetón a la la altura del esternón y allí pasar la cuerda, cosa de no quedar colgado de cabeza en caso de caídas. Nosotros todavía no los usábamos, de modo que nos pasábamos la cuerda por el cuerpo a la antigua. Es decir, utilizábamos el extremo de la soga, para hacer un nudo especial para este caso, que quedaba pasado alrededor de la cintura y subía por el pecho pasando por encima de un hombro, bajaba cruzando la espalda y volvía al punto de partida en el frente, justo a la altura de la boca del estómago. Espero que se entienda.
Arrancamos la escalada que tenía los clavos puestos y ya no se retiraban jamás, pues al tratarse de una «clásica» era relativamente frecuentada por los escaladores (en su mayoría barilochenses) que iban a escalar los fines de semana. Acá tengo que aclarar que estos no eran demasiados. No creo errarle por mucho si digo que se trataría de una veintena de personas cuanto más.
«Atacamos» pues, la pared y desde un comienzo hubo que usar los estribos. En este caso sí nos vino de perlas la bicolor de ochenta metros, utilizando una de las partes para pasarnos el material entre uno y otro. Progresamos por una fisura vertical hasta una laja inclinada hacia la izquierda. Continuamos por esta hasta conectar con otra fisura. Aquí vino el paso clave de esta ruta que te deja colgado en el vacío con una exposición absoluta, en la cual ves directamente abajo tuyo, a muchos metros y muy chiquita (esa es la sensación que uno tiene), a la Laguna Toncêck junto con el refugio. Llegamos a una plataforma que nos dio un respiro y allí hicimos un relevo. Ya no recuerdo con tanto tiempo transcurrido, quien iba primero y quien segundo en cada «ruta», de las agujas que hicimos, pero no les quepa la menor duda que en su mayoría, Avo era «il primo di corda» y yo su partenaire.
Después continuamos en escalada libre de segundo y tercer grado, hasta pisar la cumbre. La escalada es cortita pero muy emocionante, sobre todo por el paso que hay que dar, colgado en el vacío. La cumbre es muy pequeña y apenas entran dos tipos, lo cual hace que uno quiera rajar de allí lo antes posible. Se destrepa hasta la plataformita del relevo y luego se hacen rapelles hasta el col.
Su ficha técnica dice:
Ruta normal: pared sur.
Dificultad media: A1.
(Es toda en «artificial» y para esta técnica la graduación en esa época era: A1 - A2 y A3).
Equipo necesario: Cuerda, estribos, mosquetones y cintas.
Duración de la escalada: desde el col 50 minutos.
Longitud: 45 mts.
Un «col» se le llama a una depresión entre dos cumbres. Creo que la palabra deviene de «collado».Refugio Frey y Agujas del Catedral
Supusimos con el Turco, que había llegado la hora de encarar la Torre Principal, cumbre máxima de este paraíso de agujas situado en el Catedral Sur.
Ya habíamos hecho con Avo algunas incursiones, alejándonos del refugio y subiendo al filo sobre el cual están emplazadas la mayoría de las agujas. Y digo mayoría porque hay infinidad de agujas que brotan de las partes superiores de los acarreos, sin pertenecer al filo propiamente dicho, pero no por ello menos importantes en envergadura, altura y dificultades de ascención.
Las principales agujas por aquella época tenidas en cuenta -en su mayor parte, aún sin escalar- Eran la Torre Frey (junto al refugio). Y en el filo: el Campanile, la Torre Principal, la Astilla, la Lechuza, el Molar, el Monje o San Francisco, la Monja, las tres Marías y el Piramidal (creo que no dejé afuera a ninguna de las torres, que cualquiera puede ver desde el refugio, sobresalir del filo. Las otras, como ya dije, surgen del acarreo y en un primer vistazo parecen de menor envergadura. No lo son para nada y las voy a menciononar, para tener un panorama total de lo que se encuentra el escalador cuando llega a este lugar, dueño de una de las más lindas vistas que se puedan gozar en la montaña.
Las demás agujas: el Pinin, Cecilia, Julieta, Peña ancha, Torre Otto Weiskopf, el Tonto, la M2, el Abuelo, el Vecinal, la Vieja.
Las primeras mencionadas, sin embargo eran las que despertaban nuestra codicia, ya que salvo el Campanile, la Pricipal y la Frey, estaban todas esperando ser superadas y varias de ellas no tenían nombre, o por lo menos debían ser confirmados por los que las superaran hasta llegar a su cumbre.
Hechos estos comentarios para conocimiento de los que no dominan el mundo algo estricto y cerrado de las escaladas, paso a relatar nuestra soñada ascención a la Principal con el turquito Avo.
Pintura de Bara Remec - Laguna Frey y agujas en Catedral.
Para no arriesgar con el tiempo (no teníamos idea de cuánto podíamos tardar), desayunamos y salimos muy temprano, aunque no de noche como nos aconsejaban en Baires nuestro amigos más experimentados. Decían que lo ideal era estar en el filo cuando despuntaba el día. Haciendo caso omiso de sus consejos, que nos parecían exagerados, por las mañanas salíamos del campamento con el sol recién aparecido, lo cual creo -por lo que recuerdo- era más que suficiente. No retengo en la memoria ninguna escalada que nos haya demorado hasta entrar la noche. O quizás éramos demasiado buenos. Je,je.
Saliendo del campamento, bordeamos la laguna Toncêck y llegamos a los acarreos de mucha piedra suelta y lamparones de vegetación, que es casi exclusivamnte ñire achaparrado. Subimos pues los acarreos que se tienen al frente del refugio. Toda esta aproximación lleva su buen tiempo, creo que por lo menos una hora, y el Sol ya está alto cuando encaramos los bloques de roca fácil que forman la base de la Torre. Allí nos encordamos, dejando como siempre 40 mts. de cuerda fuera de uso enrrollados en el cuerpo. Los nervios son muchos porque sabemos que nos vamos a enfrentar con algo que imaginamos hacer durante largos meses. Ahora se concreta y hace palpitar nuestras fibras. Por fin la Torre. Nos sentimos seguros de poder superarla, porque técnicamente estamos más que listos, pero sabemos que hasta que no venzamos los largos de cuerda que nos esperan y hagamos cumbre, no estará todo dicho. Por aquella época se les tenía mucho respeto a estas agujas y los viejos al no poder superarlas, las relataban casi como imposibles. Nos encordamos pues, al pie del primer largo que arrancó con una fisura fácil y luego una travesía hacia la izquierda. Por bloques fáciles, estuvimos pronto en la pared. Escalamos por una fisura grande que conduce a un nicho. Allí había un clavo fijo. Con un paso bastante expuesto hacia la izquierda, salimos del nicho y empalmamos con una fisura paralela a la anterior, pero más fácil. Subimos hasta una plataforma triangular y de allí bajamos un par de metros. Luego subimos hasta una plataforma grande. Continuamos por otra fisura y encontramos otro clavo fijo, luego cruzamos por una escama y haciendo un péndulo estuvimos en otra fisura, en realidad una pequeña chimenea que hay que subir con medio cuerpo afuera. Allí superamos un techito y después hasta un hombro, en el cual hay que tomar hacia la derecha. Luego en adherencia por una laja inclinada, una fisura nos llevó hasta los famosos clavos de Fisher. Estos llevan a la cumbre, pues este último tramo no tiene fisuras, es de granito macizo y únicamente fue superado en libre, ya entrada la era de la revolución de equipos, cuando se comenzó a escalar con zapatillas especiales que trabajan por adherencia. Por lo tanto en aquella época, habría que haberlo hecho con «clavos de expansión».
Llegados a la cumbre nos abrazamos muy contentos y descubrimos que era lo bastante amplia como para que estuvieran varios escaladores juntos a la vez. Pudimos observar con emoción al Cerro Tronador, refulgente de nieve y más allá el volcán Osorno, situado en Chile. El día, como todos los que nos tocaron mientras estuvimos allí, especial, con un Sol que rajaba la tierra y un cielo de azul intenso como nunca habíamos visto.
A esta ruta se la llama «normal», pero también Fischer-Kammerer, los nombres de los escaladores del C.A.B. que llegaron a la cumbre de la torre Principal por primera vez. Habiendo hecho varios intentos, chocaban con la dificultad del último tramo; imposible de vencer con los elementos técnicos de aquella época (años ´40 y ´50). Entonces a Fischer que era albañil se le ocurrió llevar martillo y punzón y practicar agujeros, en los cuales fue empotrando clavos fabricados por él mismo y así paso a paso fue abriendo la ruta hasta llegar a la cumbre.Torre Principal en el Co. Catedral sur.
Con Avo dejamos en la cumbre, dentro de un tachito que había debajo de unas piedras, un papel con nuestro nombres y la fecha. Luego armamos el descenso y fuimos bajando, no recuerdo con cuántos rapells.
El Sol seguía castigando de lo lindo.
Durante la semana que estuvimos allí, no hubo ni un solo día sin su presencia. Es decir nunca tuvimos un día de mal tiempo, ni siquiera nublado, lo que habría hecho que descansáramos de tal agobio. Por otro lado, esto era una bendición y nos permitía a los que estábamos allí para escalar, programar las ascenciones sin preocuparnos por el clima. El cielo de un azul intenso -estábamos a casi dosmil metros sobre el nivel del mar y el filtro de rayos ultravioletas era menguado y eso que por aquellos años ni se imaginaba uno que iba a existir un «agujero de ozono»- nos pegaba con su brutal omnipresencia y únicamente encontraba uno el alivio, metiéndose a descansar en el comedor del refugio. Allí se podía jugar a las cartas, escribir o leer algo y huir del ambiente reverberante que dominaba el exterior.
Sifuentes nos dio la idea, podíamos bajar hasta el lago Gutierrez a tomarnos un día de descanso. No lo dudamos; juntamos unas pocas cosas y las metimos en una de las mochilas. Algo para comer y short de baño era suficiente. Y antes que llegara el mediodía bajamos por la picada, pasamos el refugio Piedritas, cruzamos el arroyo Van Titter, y continuamos derecho para abajo dejando atrás el desvío que lleva a Villa Catedral. En un rato más de marcha llegamos la margen del lago Gutierrez. Agua transparente y frescura de vegetación. Sombra y descanso. Eso era lo que necesitaban nuestro ánimos recalentados por las escaladas y las rocas y acarreos fulgurantes del entorno del refugio Emilio Frey. Al anochecer emprendimos la vuelta al campamento de arriba y en dos o tres horas (no recuerdo bien), estuvimos en él con los ánimos refrescados.
Las Tres Marías y a la derecha la Pirámide....................................................................Una de las 3 Marías.
Y así fue. Con estos ánimos refrescados, una mañana nos cargamos con la cuerda y la ferretería y salimos temprano a la búsqueda de nuestra próxima ascención. No me pregunten por qué elegimos lo que voy a relatar y por qué no, escalar por ejemplo el Campanile; que por aquellos años era deseado por todo escalador y poco frecuentado por su fama de aguja «difícil». No lo recuerdo con el paso de tantos años. Bordeamos la laguna por nuestra derecha (saliendo del refugio) y fuimos ganándole altura al acarreo que conduce a la lagunita Schmoll. Cuando tuvimos frente a nosotros a la aguja Piramidal, bastante más arriba todavía, enfilamos hacia allá y un rato después estábamos en su pie encordándonos -supongo- para entonarnos para algo más difícil. Ya que esta torre es bastante grande pero de fácil escalada su ruta normal. Subirla y bajarla fue relizado en un corto trámite. Y a continuación, tuvimos a nuestro alcance una siempre codiciada escalada virgen. Se nos dio con las tres agujas cercanas a la pirámide. Estábamos casi seguros que nadie las había ni siquiera intentado, un poco por su ubicación, muy en el extremo derecho del famoso circo de agujas-estrella y además por su pequeña envergadura. En efecto, se trata de tres torrecillas de un largo de cuerda cada una. La mayor se hace con un largo de 40 metros y su dificultad es un IVº. Las otras dos tienen muy poca diferencia con esta.
La cuestión que la tarde había caído y felices y cansados emprendimos el regreso al refugio para comentar el suceso con Sifuentes.
Tenía entendido que no, efectivamente no estaban ascendidas, de modo que tuvimos en nuestro haber una «primera» (dividida en tres) ¿Y cómo las van a bautizar? Durante el regreso lo habíamos estado pensando. Caía de maduro que tenía que ser algo así como «los tres ???» Y si les poníamos Tres Marías, tuvimos el justificativo a mano: la mamá de Avo se llama María y mi hermana es María Isabel. Otras mujeres no teníamos que merecieran el honor por aquel entonces. A la tercera no le quedó más remedio y Sifuentes nos aprobó diciendo que en general cuando se mencionaba el grupo, se las llamaba así, tres Marías. No quedaba pues ninguna duda.
Lo curioso fue que en nuestra inocencia o estupidez (no sé muy bien cómo catalogarlo), obviamos hacer el comentario correspondiente en el libro del refugio y Sifuentes tampoco nos lo sugirió. Cuestión que nunca quedó oficialmente asentado en los libros del refugio; pero el mundillo escalador las reconoce hechas por primera vez por Naccachian-Rey. Enero de 1963.
No recuerdo haber hecho otra cosa importante como para mencionar para las estadísticas, pero tampoco es mi intención en este escrito que más bien es un recuerdo a la fuerte vivencia junto a un amigo del alma, con el cual estuvimos suspendidos entre el cielo y la tierra con la alucinación que conllevan las escaladas. Ilusión siempre difícil de recrear para los demás, cuando se tiene que explicar el ¿por qué se escala?
En este caso lo remitiría a lo escrito por Tichy y da comienzo a este libro como prólogo del mismo.<>El Turco Avo y yo en una reunión de los «dinosaurios de la montaña», año 2004.
A la izquierda el Obelisco de Buenos Aires durante una escalada para un programa de la televisión en los años ´60.
A la derecha Chimenea de una vieja fábrica de ladrillos abandonada, que en los años ´60, utilizábamos para nuestras prácticas. <>
Labels: 1970 y 1980, Escalando el Obelisco de Buenos Aires, Montañas - Expediciones y Escaladas en la Patagonia en las décadas de 1960


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